9 ago. 2020

Descerebradas sin mascarilla

Decían que el coronavirus nos iba a dar una lección. Pero no sé muy bien de qué. Antes de todo esto parecía que el mundo empezaba a tomar conciencia ecológica. Se reciclaba más a nivel individual, se retiraron las bolsas de plástico de los comercios y hasta en algunas cadenas de supermercados, introdujeron las bolsas biodegradables para la fruta. Surgieron cientos de alternativas a los productos menstruales y de crianza desechables. Y muchas personas empezamos a comprender que no se trata solo de reciclar, sino que la clave es no generar tanta basura. 

Luego vino la pandemia y al principio todo muy happyflower porque se paró el capitalismo un rato y la fauna tomó las calles, pero en cuanto nos soltaron volvimos a la carga pero peor. Volvimos con guantes y mascarillas. Que una puede pensar que es muy cívica porque tira sus guantes y sus marcarillas a la basura, pero la cosa es que la basura está ahí igual. El plástico de los guantes es de baja calidad y no se recicla por mucho que te digan en el súper que ya se encargan ellos, y las mascarillas desechables ni siquiera son reciclables. Y aunque las tires a la papelera, estas a menudo están llenas, y el viento hace volar las cosas. Y aunque tu mascarilla no acabe tirada por la calle, acabará en el mar. Tú, persona civilizada, también contribuyes a este paisaje por muy cívica que te creas. Y yo. Y da mucha más rabia cuando me obligan.

Que es para protegernos. ¿A quiénes? ¿A las personas? A estas alturas de la historia yo creo que hay que ser muy hipócrita para no reconocer que el ser humano es quien menos derecho tiene ya en este mundo de existir, y si hay que extinguirse para que los peces no se ahoguen en plástico, así sea.

Pues con este panorama, después de los creadores de #quédateentuputacasa, esa policía de balcón aburrida y agresiva que insultaba y hasta lanzaba cosas a quien veía en la calle, hasta el punto en que las madres de menores con necesidades especiales tenían que llevar un distintivo, llegan ahora los acusadores de estupidez extrema a quienes cuestionamos el uso de la mascarilla a la intemperie.


Que no pasa nada por llevar mascarilla. Pues mira, lo de siempre. No pasa nada si no te pasa a ti. A muchas personas nos causa una especie de claustrofobia y por lo tanto ansiedad, pero claro, como no es un cuadro clínico aceptable, a joderse. A muchas nos cuesta respirar (puede que de la ansiedad misma), incluso ver (yo tengo la carica pequeña y no veo una mierda en según qué ángulos con eso puesto, y eso que me las hago a medida), pero si no llegamos a insuficiencia respiratoria extrema con papelito firmado, pues tampoco.

Y que menudo capricho respirar aire puro, oiga. Como si nadie le importara beberse el agua de hacer gárgaras pudiendo beber agua limpia y fresca. ¿Parece una guarrada? Pues para mí es lo mismo.

Tengo la inmensa suerte de vivir en una calle en una montaña en la que no hay casi nadie, y de trabajar en un local en las afueras de una ciudad, donde las calles son anchas, puedo aparcar en la puerta y donde tampoco hay casi nadie. Y con eso me libro. Porque a parte de ir de casa al curro, apenas salgo de casa por la angustia de ponerme el bozal. Pero a principios de mes se dio una situación en la que tuve que llevarla todo el día y me salió un herpes labial. Pero que no pasa nada por llevar mascarilla.

Que soy una petarda por quejarme por un herpes de nada cuando hay gente que se está muriendo y tal. Pues vale. Pero aunque no minimizo ni me río de la pandemia, tampoco me creo todo lo que cuentan y de si algo estoy convencida es que no nos lo cuentan todo. 

Porque leo que médicos desaconsejan el uso de mascarillas en espacios amplios y al aire libre. Que el contagio se produce por contacto prolongado, como de 15 minutos en adelante. Porque a mi criterio le chirría que pueda contagiar a alguien por cruzarse un segundo conmigo (en la escasez de casos que eso pudiera producirse). Por la lógica que tiene que si voy andando me la tengo que poner, pero si voy en chándal y corriendo dejo de ser tóxica. O si estoy en una terraza con 10 amiguis bebiendo, comiendo y charlando echando microgotas encima de las tapas, tampoco soy tóxica. Pero si simplemente camino por la calle, sí. Porque veo cómo actúa la gente, que nunca ha estado educada en eso del respeto del espacio personal y ajeno, y se toman el uso de la mascarilla como una barrera infalible que les permite echársete encima como si no pasara nada. Porque además de ser una preferencia personal, es demostradamente más efectivo ir a pelo y respetar distancias. Y que me la pongo en las tiendas, en el súper y donde haga falta, pero lo de las calles es que simplemente no lo entiendo. Y no soy de acatar por acatar. Porque a estas alturas ya no sé si es que el gobierno es así de justico y pretende matar mosquitos a cañonazos, o si ya tirando a la conspiranoia están echando un pulsito para ver hasta dónde somos de obedientes. Así que, claro, soy una descerebrada. 

Y es que ahora se trata de eso. A la mínima que cuestionas algo ya te meten en el grupo de los hippies de las vibraciones cósmicas, que de repente citan a Trump con la apostilla de "jamás pensé que citaríaa Trump, pero es que mira cuánta razón tiene". Que como ya he dicho otras veces en otros contextos, yo no soy una antivacunas, pero a mí nadie me informa de qué y por qué tienen que pinchar a mis hijes según un calendario determinado. Que si le pregunto a una enfermera por qué tengo que vacunar a mi bebé de 4 meses contra la hepatitis B si no se chuta ni tiene relaciones sexuales y no me sabe responder, pues le digo que a la próxima ya veremos. De ahí a la magufada cósmica hay un trecho larguito.

Vamos hacia una sociedad cada vez más polarizada, en la que los buenos son los que obedecen, los que se ponen la mascarilla por calles vacías sin preguntar, sin sentir incomodidad siquiera porque han comprado la moto de que llevándola están enviando un mensaje al mundo de lo solidarios que son. Estoy sola en esta calle tan ancha y poco transitada, pero llevo felizmente mi mascarilla puesta porque estoy salvando vidas. Y los que cuestionan son idiotas, temerarios, conspiranoicos, rebeldes...

A ver. Que ni la OMS* aconseja el uso de mascarillas en espacios abiertos. Que en los comunicados en los que se habla y aconseja el uso de mascarillas, además de que hay que añadirlo a todo lo demás, siempre dicen cosas como "cuando sea apropiado" o "en lugares en los que hay multitudes", y sigue apelando sobre todo a la higiene y la distancia a nivel personal, y a la inversión en el sistema de salud y el personal sanitario a nivel gubernamental. Nada de mascarillas a cascoporro.
 
Somos el único país de Europa con esta imposición. Y que yo sepa, nunca nos hemos caracterizado por ser los más listos de la Unión. Más bien al contrario: a los ojos de los "chicos grandes", somos esa gentecilla fiestera y siestera que se compara constantemente con sus mayores para hacerlo igual de bien, pero como no les sale, al final acaba haciendo lo que le da la gana.

Y que ahora está muy guay porque es nuevo y es la moda y es un nuevo complemento que puedes comprar para combinar con tus trajes y tus vestidos. Pero por lo que sabemos de esto, podría ser para siempre, y no es sostenible. No solo a nivel ecológico, porque mucha gente las lleva de tela, sino también a nivel social. Cómo se resolverán los conflictos entre gente sin rostro, tanto quien instigue como quien ponga paz. Cómo será con los peques, cuando tengan un disgusto en el cole y lloren, y no puedan ser abrazados ni tocados, solo calmados con palabras amables sin expresión que las acompañe. Cómo crecerá la osadía de quienes nos increpan por la calle en actitud machista o racista, con la impunidad del anonimato cual hater de internet. Cómo nos sentiremos cuando vayamos solas de noche y sintamos los pasos a nuestra espalda de alguien a quien no podemos identificar. Cómo será la Nueva Humanidad. 

Yo solo espero que como moda se pase pronto y quiten la norma por puro sentido común, igual que pasó con los guantes en los súpers o las bandejas de agua con lejía en las que te hacían zambullir los pies en las puertas de los centros de salud. Porque si no ya me imagino dónde acabaré.

Mientras el mundo cambia para adaptarse a un Nuevo Orden que va a llegar más pronto de lo que imaginamos porque nos dejamos llevar con una facilidad que da miedo, yo seré de las rebeldes que comen hamburguesas de rata en una ciudad subterránea, si es que no viene algún agente del futuro a eliminarme por mis ideas o las de mis hijos antes de que alguno la líe parda. Pero aunque tal vez la movida me pille algo mayor para ir haciendo activismo temerario, preferiría morir feliz de sobredosis de fritanga y azúcar a vivir en un mundo aséptico de emociones y de pensamiento.




Infografía sobre cómo y cuándo usar mascarilla. Spoiler: en espacios abiertos siempre que no se pueda mantener la distancia social.

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27 jul. 2020

La vieja del paraguas

Supongo que llega el día en la vida de toda persona en que de repente se da cuenta de que se ha hecho vieja. Ese día ha llegado para mí. Y ojo, que a pesar de unas cuantas canas estoy en buena forma, tengo una salud excelente y me mola el rock, que como todo el mundo sabe es el elixir de la eterna juventud.

Pero aun así, acabo de descubrir que soy una vieja que añora con nostalgia tiempos mejores, y como tal, voy a empezar esta historia contando batallitas del pasado.

En el año 2001 adquirí mi primer teléfono móvil. Mucha gente tenía uno ya, pero yo me resistía. Me compadecía de las pobres pringadas a las que les daba un ataque de ansiedad si se lo dejaban en casa. Creía que estaban locas y que eso no me pasaría a mí nunca. Pero entonces me independicé y el alta de Telefónica era carísima, así que opté por un móvil y listo. Aunque de móvil poco porque lo usaba como teléfono de casa y al salir ahí se quedaba (¿quién recuerda el peso y el tamaño de los móviles de 2001?)

Pues resulta que a final del 2º curso de teatro musical, me peleé con mi mejor amiga de entonces porque teníamos un bolo al día siguiente y me llamó como a la 1 A.M. para preguntarme cuál era el punto de encuentro y cómo llegar. Yo sobando, claro, porque había que madrugar y yo siempre he sido muy estricta con esas cosas, así que te puedes imaginar el cabreo. En fin, que le digo que ¿qué horas son esas? y la tía encima me sale con que si estoy durmiendo que apague el teléfono.
Que luego intenté razonar en plan: mira, bonita, yo no tengo teléfono fijo y mi madre vive sola, así que si tiene una urgencia tendré que estar localizable. Para eso me he comprado un teléfono. No parece difícil de entender, ¿verdad? Pues nada, que la mala malísima era yo y me puso verde por ahí y no volvimos a hablarnos. A todo esto, después de haberle explicado cómo ir, el día siguiente se presentó la última y en taxi al estilo gran diva.

En aquellos tiempos le di la importancia justa. Claro que me dolió, pero pensé que había sido un hecho concreto y no volví a preocuparme. Ahora lo veo como una revelación. Cómo la sociedad empezaba a mutar hacia un lugar en que lo normal es responsabilizar de tus acciones o no acciones a los demás. Si no quieres que te despierten, ¡no tengas un teléfono!

Siguiendo con mi trayectoria por la vida y mi "crecimiento personal", allá por el 2008 descubrí una cosa extraña llamada Facebook, que al principio era como un concurso de popularidad, y todo el mundo quería ser quien tuviera más amiguis aunque yo siempre me he jactado de ser quien tenía menos. Si te acuerdas, en sus inicios Facebook nos enganchó con sus chorrijuegos. Había una mascota virtual a la que podías vestir, decorar su casita y visitar la de tus amiguis, otro de una granja que tenías que sembrar y recoger, uno de una especie de sociedad medieval en la que tus amiguis eran tus vasallos y te los podían robar... Pero lo que lo petaba de verdad eran los chorritests. Los había de todo: desde qué personaje serías en tal o cuál serie hasta qué tipo de vieja ibas a ser de vieja.

Y a mí me salió la vieja del paraguas. Esa señora que, aferrada a su paraguas a modo de arma contundente, se abre paso entre la muchedumbre apelotanoda pidiendo que corra el aire, haciendo respetar su espacio vital (incluso antes del coronavirus) y maldiciendo la falta de educación que se gasta la juventud. Me acuerdo porque me hizo muchísima risa y me vi representada a tope.



Y a eso llevo dándole vueltas hace unos días. Ando metida en un grupo de mujeres que hacen cosas y hace semanas que se plantea hacer una reunión. Expongo mi disponibilidad, pero el resto escucha el viento pasar o cambia de tema. Otra compañera reitera su interés por reunirse y al final hago una encuesta que después de pedir por favor un poco de casito un par de veces, solo una respondió. Y tras el éxito suelto un pequeño sarcasmo y soy la personificación del demonio, oiga.

Volviendo a las batallitas de la juventud, ¿te acuerdas de cuando cerraban un bar y te quedabas en la puerta con las coleguis decidiendo a dónde ir ahora, y todo el mundo empezaba a divagar, y si tenías mucha suerte no te tiraban el agua de fregar desde las ventanas por hacer ruido, y al final se pasaba la hora y la peña se iba a casa y lo único que quedaba por hacer era esperar sola a que abriera el metro mientras se hacía de día? Pues lo mismo. Esa sensación, ese agotamiento.

Total, que una de ellas se siente ofendida porque no ha tenido tiempo de responder porque trabaja y tal. Porque claro, nadie sabe lo que es trabajar, ni criar, entretener y educar a dos niñes homeschoolers,  ni tiene una casa que limpiar y que arreglar cada dos por tres porque se cae a cachos, ni setos que podar, ni malas hierbas que arrancar... y cosas que, sea como sea, son la vida y las opciones de cada una, no excusas. Y luego me salta otra con que mi nivel de exigencia es demasiado elevado y que mi comentario está fuera de lugar.

Así que así estamos. En un grupo de trabajo, esperar respuesta a una pregunta que se ha formulado varias veces, a estas alturas de la vida resulta de una exigencia inadmisible.

Y si bien no me había recuperado aún de esta, estaba hoy en la cama y recibo un mensaje de whatsapp pasada la medianoche. Desde otro grupo de gente que hace cosas contacta conmigo por privado una mujer que no conozco para que le revele mi implicación con el grupo, puesto que no me ve muy activa. Y no, no estoy muy activa y justo hace poco ya dije que podían hacer limpieza conmigo sin rencores porque a mí lo de abrir el whatsapp y tener 150 mensajes por leer como que me supera, pero aun así, a esta desconocida que no sabe qué vida llevo le ha parecido buena idea preguntármelo personalmente a esas horas.

También en otros grupos de whatsapp, sobretodo en los de gente que hace música, es muy común eso de enviar mensajes cuando a una le rota. Que no sé si alguien sabe que el silencio en los grupos de whatsapp caduca al año, y es muy guay descubrir que el silencio ha caducado justo cuando alguien a las 4 AM te escribe diciendo que no va a ir al ensayo, cuando ya te has dado cuenta porque el ensayo ya se ha hecho y no estaba allí. Tampoco sé si solo es mi teléfono o solo me pasa a mí que por mucho que quite el wi-fi, se activa solo de nuevo cuando hay mensajes en cola.

Pero vamos, que si no quiero que me despierten, que apague el teléfono (o me quite el whatsapp, o me vaya a vivir a una cueva o me corte las venas... lo que sea, pero que lo haga yo). Ya sé cómo funciona y no lo voy a discutir. Pero a la vieja con paraguas que llevo dentro le gusta recordar los tiempos en los que llamar a casa de alguien pasadas las 10 de la noche era pecado mortal. Esas cosas que me enseñaron de niña y me pregunto si se enseñan ahora. Eso de respetar al prójimo, responder cuando te preguntan, preguntarte si es un buen momento y no dejar toda la responsabilidad de tus acciones en la otra parte.

Pero al final, la que está aquí con los ojos como platos dándole a las teclas para sacarse la mierda de dentro soy yo.

Últimamente, con toda la historia del Coronavirus, en casa estamos viendo muchas películas futuristas de lo que sería nuestro presente. Desde Terminator hasta Demolition Man, nos damos cuenta de cuánto tienen de proféticas. Aunque puede que al final no haya un gran terremoto o una gran explosión para que se de el Apocalipsis. Puede que entre la generación selfie (que se mola tanto a sí misma que se pierde todo lo que le rodea), la generación que ya no escucha las canciones de los dibujos (porque eso es perder el tiempo, hay que engancharse a lo siguiente, y a lo siguiente de forma inmediata e infinita) y la generación mascarilla (que ya no sabrá interactuar y reaccionar a las expresiones humanas porque ni las ven), se pierda del todo lo que nos hace personas, y las máquinas acabemos siendo nosotras mismas.

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7 feb. 2020

El Govern apoya el Blackface en Igualada

El pasado mes de enero, SOS Racisme Catalunya me contactó por ser residente en la comarca de l'Anoia para relatar qué me parecía el hecho de que algunos miembros del Govern de Catalunya fueran a hacerse fotos a la cabalgata de Reyes Magos de Igualada, una de las más racistas de Catalunya por contar con cientos de pajes pintados de negro al estilo de Alcoy.


Esto es lo que escribí.

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Quan era petita i veia una persona pintada de negre, disfressada de persona afrodescendent, em sentia malament, com si m'insultessin, com quan em deien "negra". No sabia per què. La majoria de les vegades, una no sap per què sent el que sent, perquè els sentiments no sempre es poden explicar amb paraules.

Ara sé i puc dir que el denominat Blackface és una tradició colonialista i racista, que representa a les persones negres com un acudit, com éssers que no formen part de la nostra realitat i la nostra vida. Els altres.

Fa uns anys hem decidit alçar la veu per dir que som aquí, que som persones i que no ens agrada veure'ns representades d'aquesta manera. I al 2019, Casa nostra, casa vostra va impulsar una campanya perquè a les cavalcades de Reis de Catalunya deixessin de pintar senyors blancs, i comptessin amb persones afrodescendents reals per fer de rei Baltasar, un Blackface que porta dècades portant-se a terme. L'any passat, Igualada ja va ser l'única capital de comarca de Barcelona que no es va sumar a la campanya, i aquest any, amb unes 200 cavalcades sense blackface, Igualada continua sense baixar del burro.

L'excusa és que a Igualada no només hi ha un Baltasar, sinó que hi ha centenars de patges que reparteixen els regals pujant per les parets dels edificis, i que és una tradició molt antiga. Precisament, aquest any va complir 125 anys i hi havia fotos i bandelores per tot arreu, pel qual el contundent argument de “si no t’agrada no hi vagis” no ha servit aquesta vegada perquè me’ls han ficat fins a la sopa.

I que resulta que som molt males persones per voler carregar-nos-la. La qüestió és que ningú entén que no és la tradició el que ens molesta, sinó el fet que pintin la gent de negre. Diuen que no és colonialisme, que és perquè no els reconeguin. Aleshores jo sempre pregunto: per què han de ser negres? Per què us costa tant reconèixer que aquests patges representen esclaus negres? És perquè no us agrada aquesta idea? Doncs menys ens agrada a nosaltres, les qui ens sentim representades. Si no t'agrada alguna cosa, has de canviar-la en lloc de negar-la.

I aquí és on aprofito per agrair la feina de la comissió de Reis de Vallbona d'Anoia, que han començat per reconèixer que el blackface és un acte racista i han decidit canviar-lo. Perquè no hi ha prou en entestar-se a dir que això o allò no és racisme des del bàndol que no el pateix, que no sap què sentim quan veiem gent pintada de nosaltres. El racisme es combat reconeixent-lo i canviant. Els patges i patgesses de Vallbona van canviar el Blackface per un maquillatge colorit de fantasia i elegància a l'estil dels carnavals venecians, i tant a mi com a altres companyes activistes afrodescendents ens va semblar preciós. I el feedback al seu compte d'Instagram va ser molt positiu i no va haver-hi queixes per infants traumatitzats ni res per l'estil.





Ser negre no és cap disfressa. És sortir al carrer cada dia per carregar-nos a les espatlles el qüestionament, els estereotips i la lluita per habitar un espai que ens pertany, però que hem de reclamar contínuament perquè no es considera nostre.

Defensen a capa i espasa el fet de pintar-se de negre, però poc esforç fan de ficar-se a la nostra pell. Pregunten què serà de la il·lusió dels infants però, i els nostres infants? I aquí és on es delaten. Perquè és aquí on, sense adonar-se, confirmen que no formem part de la seva realitat. Mai s'han aturat a pensar en els nostres infants, que miren aquelles cares negres pintades i ens fan preguntes. Els infants que de ben petits reben atacs racistes del tipus "no vull que em toquis, que taques". Perquè en lloc d'educar en la diversitat, en què existeixen persones de diversos colors i cultures, els hi estem ensenyant que les persones negres són una mena de disfressa grotesca. Els nostres infants no importen. La imatge que es crea de nosaltres no importa. 

Això és el que vaig sentir en veure les fotos dels senyors i senyores del Govern, posant alegrement amb els Reis d'Igualada, i compartint-ho orgullosos al seu compte de Twitter com un acte gloriós. Quan semblava que es començava a crear consciència i que l'any que ve potser s'ho tornaven a mirar, s'alcen de nou com els irreductibles gals del Blackface. Després que tantes poblacions estiguessin canviant, després que TV3 decidís no retransmetre la cavalcada d'Igualada per ser poc inclusiva, i quan tot el que envoltava Igualada semblava dir-li que potser s'estava equivocant, van aquests senyors i senyores a fer-se la foto, mostrar el seu recolzament i donar-los l'empenta que necessitaven per continuar fent la seva.

Vaig sentir un cop més com el Govern de totes les catalanes, com tantes altres institucions, col·lectius i persones, no ens representa, ni ens valora, ni ens escolta. Em torna a envair el sentiment de no ser d'enlloc, de no ser ningú, i que les nostres vides continuen reduïdes a simples anècdotes, figurants, disfresses.

I a ningú li cau la cara de vergonya.

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28 dic. 2019

Racismo, pedagogía y la racistada del día

Hace un par de días, una empleada de Pans & Company se negó a servir a unos jóvenes marroquíes "porque su jefe no la dejaba" y les invitó a salir del local porque su mera presencia tampoco estaba permitida. Todas hemos visto el vídeo. Yo además, me he tomado la molestia de buscar la noticia en google, y en todos los titulares aparece la palabra "racismo" entre comillas (cuando aparece porque algunos ni se atreven a mencionarlo). Se acusa al establecimiento de racismo, pero porque lo dicen por ahí, ¿eh? Los medios que lo cuentan no lo creen así. Eso es lo que me dicen esas comillas.

Además, al final de la noticia en El País, la fe de erratas dice que "en la primera edición de la noticia se afirmaba por error que los jóvenes discriminados eran negros en lugar de marroquíes."  Por si se les ha escapado algo, una persona puede ser negra y marroquí, de la misma forma que puede ser negra y española, no son excluyentes. Es como si ser negra te convirtiera en otra especie o algo así.

Vivimos en una sociedad sistémica e institucionalmente racista, que para colmo ha convertido esa palabra en una suerte de insulto, por lo que para llamar a alguien racista hay que andarse con mucho ojo porque, al parecer, nadie es racista a menos que lleve una esvástica tatuada en el pecho. Pero no, lo que es racista es racista, y si no quieres que te consideren racista, no hagas ni defiendas racistadas. Yo lo veo muy simple, oiga.

Hoy os voy a contar una racistada de un día cualquiera. Seguramente pensarás que me subo por las paredes, que es lo que se acostumbra a pensar cuando una señala racistadas tontas como esta. Para empezar, vamos a imaginar que "chocolate" es un sustantivo femenino, porque esta conversación la tuve en catalán, y en este caso, "xocalata" sí es un sustantivo femenino, por lo que decimos "la xocolata".

Tres compañeras charlan en un descanso (o dos compañera y una negra, al parecer), y una dice que tiene hambre. Otra dice que siempre tiene por ahí guardados frutos secos y chocolate negra, y que coja quien quiera, siempre que no sea el último trozo de chocolate, claro, porque en ese caso mataría. La otra compañera le dice que la negra no le gusta, y la primera responde que cómo es posible, si está buenísima, a lo que la otra insiste en que no, que la negra no le gusta.





"Pero esta negra sí, jajaja, esta sí que me gusta", y feliz y risueña me pone las manos encima abrazando sin abrazar, como la gente que da dos besos sin rozarse la cara. Yo me la miro con cara de "no entiendo a qué viene eso" y la dueña del chocolate se queda callada, incómoda como si se estuviera aguantando un pedo. Ante el percal, se apresura a rectificar negra por mulata, cagándola todavía más. En ese momento me toca explicar que la palabra mulata es colonialista y ofensiva porque su etimología es mula, y se nos denominó así comparándonos con un animal cruzado creado a propósito para trabajar.

Y claro, las dos patidifusas porque no tenían ni idea, que jamás había usado esa palabra con mala intención, que por el contrario, ella con mulata se refería a una mujer exótica y guapa. Y agotada de la pedagogía gratuita, me callé para que se acabara de una vez la conversación, porque ahora me estaba estereotipando y cada vez que intentaba arreglarlo, el jardín de la racistada se volvía más frondoso.

También se me pasó la ocasión de contarle todas las razones por las que su primer comentario había sido racista, así que como me he pasado la noche dándole vueltas bailando en la cama con las palabras que no dejé salir, aquí las suelto:

Yo no me levanto por las mañanas pensando que soy negra. Me aseo, desayuno y me preparo para mis actividades diarias pensando en mis cosas, no pensando en que soy negra. No voy a trabajar y paso mi jornada pensando que soy negra. Así que los comentarios de este tipo son dolorosos porque te dan una hostia de realidad, dejándote bien claro que quien te mira te ve negra a todas horas, y es por eso por lo que siempre se te cuestiona (hablas muy bien mi idioma), o tus errores o simples opiniones discrepantes son criticadas con más dureza (vete a tu puto país).

También te deja bien claro que eres la negra del trabajo, y que nunca serás otra cosas porque también fuiste la negra de la clase y nada de eso ha cambiado. Eres la negra de cualquier grupo al que pertenezcas. Cuando iba al cole, todos los niños se giraban a mirarme cada vez que se mencionaba África, o cosas negras, o incluso monos. En una redada de piojos, una profesora me soltó las trenzas y al descubrir la magnitud de mi melena, exclamó a modo del comediante del club que "aquí no vamos a encontrar piojos, sino búfalos", arrancando la carcajada de la muchachada. Y si crees que son cosas de críos o de antaño, ahora también me pasa. Hace poco estuve en un grupo de música en el que el jefe era un funcionario cooperante de algo y cada vez que contaba anécdotas de, por ejemplo senegaleses, se dirigía a mí. Como si yo tuviera que ver mucho más que él o cualquiera de los presentes con esa peña a la que no conocía. A eso se le llama deshumanizar. Cuando eres el negro o la negra de donde sea, dejas de ser persona y pierdes puntos de empatía (hacia ti, claro). Cualquier cosa que te pase parecerá menos grave y recibirás menos apoyo.

Por intentar explicar cómo me siento cuando vivo una racistada de estas me imagino que es como cuando te insultan. Siento una especie de calor que va de dentro a fuera, me sonrojo (¡o sí, me sonrojo!) y siento que mi corazón va más deprisa. Pero ahora que lo pienso, es aún peor, porque si alguien te llama idiota y tú dices "¡uy, lo que me ha dicho!", nadie pondrá en duda que te han insultado; pero las racistadas siempre se cuestionan. A veces contesto, a veces no, y a veces contesto a medias, dependiendo del momento, el lugar y la energía con la que me pille. Y a veces le doy tantas vueltas que, como hoy, no puedo dormir.

En cambio mi compañera habrá olvidado por completo esta situación, que desde su punto de mira no será ni anécdota. Eso hace el privilegio: permitirte dormir a pierna suelta cuando has ofendido a alguien porque tu conciencia vive tranquila amparada en la ignorancia y la buena intención. Tu privilegio hará que me veas siempre con el puño en alto pensando que vivo en lucha contra todo, sin plantearte que a lo mejor lo que de verdad me gustaría es poder bajar la guardia.

Pero como consuelo, hoy me ha enviado orgullosa una foto de los pajes reales sin betún de su pueblo, recordando lo que hablamos sobre el blackface de los Reyes Magos y los pajes, y demostrándome que se preocupa por lo que digo. "Lo he visto y me he acordado de tu causa", me dice. Porque al parecer, realmente no tenía ni idea de ciertas cuestiones y soy su único referente al respecto. Yo le he mandado un fuerte aplauso por la gente que demuestra que si se quiere, se pueden hacer bien las cosas, aunque rectificando que no es mi causa, sino la de Casa nostra, casa vostra, Tinta Negra y todas las entidades y personas que luchan contra el racismo sistémico.

Así que la próxima vez que se te ocurra una racistada como estas, igual puedes morderte un poco la lengua para que tu interlocutora no tenga que verse en la disyuntiva entre morderse la suya o crear una situación incómoda para todas las presentes. Porque a todas las personas racializadas nos salen cientos de amigos imaginarios cada vez que alguien dice "yo no soy racista porque..." o "yo no soy racista pero...". Nadie es racista porque todo el mundo tiene amigas negras. Y si aun así, se te escapa una racistada delante de una persona racializada y esta te la señala, en vez de ponerte a la defensiva y mandarla a su puto país, escúchala.

Recuerda tu privilegio y no te ofendas. Solo tú decides si quieres o no ser racista.

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11 nov. 2019

"Hostia, Lucía" y el peligroso discurso del respeto

No, yo no respeto todas las ideologías.
No, yo no tengo amigas que votan a la ultraderecha.
Porque al menor indicio de racismo, machismo, LGTBfobia, etc., suelo eliminar a esa persona de mis redes y de mi vida, si es que lo estaba. Llámame intolerante si quieres, pero es que no, no tolero el odio y lo digo sin despeinarme. Ellos pueden decir que inmigrantes y racializadas somos escoria, que las homosexuales están enfermas, que las personas pobres o desplazadas merecen su suerte, pero la intolerante soy yo. Así está el patio.

Estos días se han hecho virales dos amigas porque, en una entrevista callejera, una dice que va a votar a VOX y la otra lo flipa muchísimo. No se lo esperaba. Sabía que era de derechas, pero tía, es que votar a VOX... Pero tan amiguis, oiga. Y se viraliza el momento como para darnos a todas una lección de humanidad, sororidad y respeto. Claro que sí, podemos pensar diferente, pero no por eso vamos a enemistarnos.

Pues mira, no. Que una sea de derechas y otra de izquierdas es pensar diferente. Si una fuera independentista y la otra no, sería pensar diferente. Pero resulta que apoyar el odio o no condenarlo, no es una diferencia de opinión. Y ahí entran de nuevo nuestros amigos los privilegios. Estas buenas chicas blancas pueden seguir siendo tan amiguis y no pasa nada porque no es nada personal. Para mí sí que lo es. Si votas a la extrema derecha estás contra mí, y si estás contra mí, seguir siendo tu amiga como si nada me convierte por lo menos en idiota.

No es por lo que tú te piensas, dice Lucía. Nunca supimos qué es lo que se piensa y cuál es el motivo real del voto. Pero sabemos que se ha leído el programa y, aunque no está de acuerdo con todo, pues oye, le parece la mejor opción. Una niña de 8 años le dijo ayer a mi hija que ella votaría a VOX porque no le gusta hablar catalán. Y aún habrá gente adulta con los mismos argumentos. Ese es el nivel.


No voy a cargar contra ninguna de ellas, como para bien o para mal han hecho por ahí, porque para mí son solo niñas y mi madurez las pone en desventaja. Yo ni siquiera sé si voté cuando tenía 18. Las cosas estaban más o menos bien y no había una amenaza inminente. Para mí eso eran cosas de mayores, y ¿para qué iba a votar, si no tenía ni idea de política ni el más mínimo interés? Así que, partiendo de esa base, no las juzgo a ellas, que ya bastante hacen con leerse los programas y formarse una opinión, supongamos que propia.

Voy a pensar que son jóvenes criadas entre algodones, que no saben cuántas mujeres mueren o son agredidas al día, o que piensan que eso no les puede pasar a ellas. Son listas, y nunca entrarán en una relación tóxica o las violarán porque sí, porque a un hombre se le antoja, y la ley las dejará desprotegidas porque a ver si va a ser una denuncia falsa o a ver cómo ibais vestidas o cuánto habíais bebido. Voy a pensar que Lucía es rica y por eso le parece bien que los ricos paguen proporcionalmente menos y los pobres más, voy a pensar que le beneficia que se elimine el salario mínimo para que los empresarios puedan ir echando migajas a los trabajadores harapientos en vez de pagarles. Voy a pensar que ninguna de las dos tiene ni idea de lo que es la desigualdad, ni ha vivido de cerca un desahucio ni conoce ninguna familia al borde de la pobreza. Y voy a dar por sentado que ninguna tiene una amiga inmigrante o descendiente de inmigrantes. Amiga de verdad, no de las ficticias o de lejos que se usan para decir que no eres racista. Amiga que les cuente cómo se sufre día a día el racismo. Y por supuesto ninguna de las dos tiene ningún respeto por los animales. Porque si alguna de ellas fuera lo contrario a todo esto, no, no podrían seguir siendo amigas.

Lo que me causa repugnancia es cómo los medios de comunicación validan a la ultraderecha como ideología a la que hay que respetar, como todas. Y así nos cubrimos todas de gloria y amén. Lo que me pregunto yo es quién asumirá la culpa cuando entren en todas las instituciones y lo tiñan todo de odio, cuando sin estar todavía ya vemos el auge de los neonazis, paseando por ahí su ideología "respetable" sin ningún tipo de pudor ni miedo a las consecuencias, dando palizas a menores inmigrantes sin familia, saludando a los antidisturbios en plan coleguitas, etc. Aparece en las noticias, pero como son personas contra menas (lo de inventarse palabros para deshumanizar también es muy de nazis), pues no pasa nada. De nuevo legitimando la violencia cuando va a hacia el otro, mientras no salpique, no es condenable. La prensa seria es imparcial.

Y ese programa de entretenimiento para las masas, en horario de máxima audiencia, jugando y divirtiéndose con el líder del odio, humanizando al monstruo. Tampoco tiene nada que perder, ahora que es rico y defenderá bien sus intereses. A menudo recuerdo a aquella hormiguita que se levantaba todas las mañanas muy tempranito, muy tempranito y que reconocía incluyéndose a sí misma que no somos nadie. Yo me despertaba cada día con esa hormiguita y no sé quién es ahora. La televisión mató a la estrella de la radio.

Y los políticos de izquierdas. Esos que ves en los debates y te da la impresión de que todo esto no está pasando. Ni una condena, ni un reproche, cada uno a soltar lo que le han escrito y pa'lante. Nadie recuerda que Hitler fue elegido democráticamente, que su partido era una opción ideológica respetable.

Me levanto de resaca electoral y compruebo que la cosa no ha dado un vuelco desde donde lo dejé anoche. Cuando no pudimos más y nos pusimos una peli y nos fuimos a la cama. Ya ha pasado. Y no pasa nada. Los medios de comunicación no se echan las manos a la cabeza como se las echaban cuando la ultraderecha invadía Europa. Eso no va a pasar aquí. La población española es campechana y buenrollera porque tiene buen vino y buen clima, no como los europeos, que están amargados. Pero ya están aquí, y les hemos dejado pasar con el respeto a todas las ideologías, la imparcialidad y toda esa mierda. Criticamos la superioridad moral de la izquierda, como si la supremacía blanca y masculina no se sintiera superior a nadie. Y a las mujeres y personas racializadas es para darles un fuerte aplauso. Vi en otra de esas entrevistas callejeras a una mujer sudamericana y orgullosa votante de VOX para que echaran a los inmigrantes, pero a ella no, porque había venido en un avión a hacer un máster que le habían pagado sus padres, y entonces ella sí que tenía derechos porque tenía dinero. Sin una pizca de vergüenza lo decía, oiga. Me pregunto si cuando el odio crezca y se extienda hasta el punto de organizar partidas de caza a los inmigrantes, nos van a pedir la documentación y los títulos antes de dar la primera patada. Ni siquiera los negros de VOX van a salvarse. Para los blancos todos los negros se parecen, ¿sabéis? Todos somos la misma escoria y el hecho de ser los negros de VOX ya es bastante significativo, porque yo, piense como piense, no soy la negra de nadie, ni permanecería al lado de quien me viera de esa manera.

En serio, esos que defienden la libertad de opinión y el respeto por todas las ideologías deberían deconstruirse y reeducarse un poquito empezando por los vídeos de Coco de Barrio Sésamo para distinguir el bien y mal. Y si de verdad piensan que el problema es que somos muchos, que se hagan un guantelete dorado y busquen las gemas del infinito para cargarse a la mitad del mundo con un chasquido*. Así, sin odios ni resquemores, la mitad y fuera. Al menos de esta manera nadie se cree superior. Lo otro es supremacía blanca masculina y hay que empezar a llamarlo por su nombre, que la historia ya nos ha contado lo chungo que es meterse ahí. Y luego dirán que Thanos era el malo. Un filántropo al lado de lo que se nos viene encima. A por ellos, cantaban victoriosos en su sede. Ellos somos nosotras.



*Vengadores, Infinity War. Spoiler. 

El malo gana. Los Vengadores pierden. Medio mundo desaparece.

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2 nov. 2019

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Reto: observa esta imagen y dime si crees que corresponde a un niño o a una niña.


Una opción de razonamiento deductivo podría ser: lleva un clip con un ratoncito en el pelo, lo que me lleva a pensar que es una niña, aunque no lleva pendientes, lo que me lleva a pensar que no lo es. La ropa no me dice nada; cualquiera puede llevar una camiseta roja y unos tejanos. Empieza a ser común que a las niñas no las vistan como a muñecas de porcelana ni las hagan pasar por el mal rato de agujerearlas, pero lo que no se ve mucho por ahí es un niño con accesorios monos en el pelo...

La respuesta es ¿a ti qué te importa? O sea, no quiero ser borde, pero piénsalo. Si es alguien que te encuentras en el parque, en la compra, en el autobús... y no vas a volver a ver nunca, en serio, ¿qué más da lo que sea? Te llama la atención porque es muy mono/mona, simpático/simpática, y ya está. No necesitas ponerle género, no necesita llevar una etiqueta.

Si por el contrario es alguien que va a entrar en tu vida, pronto sabrás su nombre y seguramente (no siempre) te aclarará bastante las cosas.

La cuestión es que el cachorro se dio un golpe muy fuerte en la frente con la esquina de un mueble y se abrió una brechita. Y como tiene el flequillo bastante largo y la herida supuraba, le puse un clip para que el pelo no se la infectara. Para mí no es gran cosa, pero me viene a la mente cuando estuve de Au-pair en Inglaterra a finales de los 90. El mediano de tres niños varones tenía siete años y una energía algo "femenina" (y lo entrecomillo a propósito). Un día estábamos jugando en el sofá y me pidió que le hiciera moñitos como los míos, así que me quité mis gomitas y se los hice. Cuando llegó su madre se escandalizó muchísimo y me preguntó por qué le ponía gomitas de colores en el pelo, que si no sabía que era un chico y tal y cual. Yo me quedé un poco a cuadros. Tenía bastante claro cómo era el chaval y solo estaba jugando a algo que parecía hacerle feliz, pero la señora creía que lo que le pasaba a su hijo era algo que se podía frenar, o que en ningún caso no había que potenciar. Como si fuera algo opcional o contagioso, o qué sé yo.

Con la cachorra me pasaba que la gente me decía mucho que qué niño tan bonito. Al principio les corregía. Es una niña, les decía. Tampoco era yo muy de ponerla de merenguito rosa, así que me respondían: Ah, como no lleva pendientes..., como si esa fuera la clave del asunto. Y así me di cuenta de que eso de ponerles pendientes a las niñas era solo cuestión de etiquetar, para que las señoras desconocidas que no te importan pudieran hacer comentarios sobre los bebés ajenos sin miedo a equivocarse con el género. Así que dejé de corregir. ¿Hasta qué punto me importa que esa señora se vuelva a su casa pensando que mi bebé monísimo es un niño? Cero.

Nos quejamos del sexismo de la sociedad pero empezamos a etiquetar a nuestros bebés lo antes posible. Niñas: sed bonitas, adornadas y obedientes. Niños: sed tipos duros y no mostréis nunca sensibilidad o gusto por las cosas monas. Yo no creo que ponerle a mi hijo accesorios en el pelo vaya a afectar a su sexualidad en el futuro, partiendo de la base de que a mí eso no me importa y que haga lo que haga, él hará lo que sienta. Lo mismo pienso de mi hija, que solo viste pantalones y botas de montaña, una camiseta, y un polar si hace frío. Y lleva el pelo más bien corto porque es más cómodo y estar mona no es práctico. No le gusta ir de compras porque le indigna que en la sección de niñas de las tiendas solo hay Elsas y Anas y se tiene que ir a la de niños para encontrar camisetas de superhéroes. Y pantalones normales. Porque resulta que las niñas ahora tienen que llevar siempre pantalones excesivamente apretados o excesivamente cortos. Y para muestra, esta foto que hice un día que estaba tendiendo ropa y me di cuenta de hasta qué punto estamos hipersexualizando cada vez más a las niñas:

A la izquierda, pantalón corto de niña, talla 10. A la derecha, pantalón corto de niño, talla 2, notablemente más largo. ¿Por qué?
Así que por mucho que nos empeñemos, el mundo del consumo que en realidad nos gobierna va a seguir en sus trece. Por eso es tan importante lo que decidimos comprar o no, porque los consumidores tenemos más poder del que creemos y no debemos darles la razón, no debemos demostrarles que ya nos está bien así.

Dejemos de agujerear a las niñas sin su permiso. Hay mucho tiempo para que tanto chicas como chicos se agujereen cuando quieran, en serio. A mí me colaron los dos agujeros de rigor, y con el tiempo acabé haciéndome cinco más. Dejemos que los niños se pongan clips o diademas en el pelo si les molesta en los ojos y no quieren cortárselo. Tampoco pasa nada. Dejemos que niñas y niños se vistan como quieran y se adornen solo si quieren. Salgamos a la calle con pantalones las mujeres (que es super normal) y con faldas los hombres (eso sí que es transgresor, aunque solo lo será hasta que deje de serlo). Dejemos de pensar que una mujer puede ponerse pantalones porque asemejarse a lo masculino empodera, pero un hombre con falda es ridículo porque asemejarse a lo femenino debilita. Borremos las imágenes que nos vende la moda de las mujeres lánguidas y enfermizas y los hombres triunfadores y poderosos. Dejemos de caer en contradicciones entre feminismo y acciones cotidianas. Seamos cada día un poquito más libres de prejuicios antes de quejarnos de que quien nos esclaviza es la sociedad.

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1 nov. 2019

Under Pressure

Sí, ahora mismo, en la banda sonora de mi película, mientras aporreo estas letras y fuera llueve, suena de fondo la línea de bajo de la canción de Queen y Bowie. Probablemente ahora te acompaña a ti también durante la lectura. Advierto que hoy estoy algo autobiográfica, y aunque creas que no soy nadie y a quién le importa, a mí me apetece. Siempre puedes cerrar la ventana.

Bajo presión es un máxima que entró en mi vida a partir de La Charla. Apareció una vez como tal, pero se quedó en un transfondo cotidiano, en cada aprobado por los pelos, en cada fracaso, en cada error. Hablando con otras personas afrodescendientes descubrí que todas habíamos escuchado la charla, e incluso algunas la habían trasladado a sus hijas. No voy a darte la charla, pero como en este punto puede que te haya entrado curiosidad, te la voy a resumir: Eres negra. Y como tal, tienes que ser la mejor en todo lo que hagas. Porque siempre que haya una persona blanca que lo haga igual que tú, que tenga las mismas notas, el mismo currículum y la misma aprobación de gente irrelevante, elegirán a la blanca. No puedes ser mediocre, y ni siquiera basta con ser buena, debes ser la mejor.

Y oye, a algunas personas les ha funcionado, se han puesto las pilas y han llegado a ser la hostia en lo suyo, pero a mí durante un tiempo me amargó la vida. A estas alturas miro atrás y el discurso me parece tan retorcido como el de los que defienden los métodos de adiestramiento para dormir bebés, que algunas aseguran que les ha ido de maravilla y no dudo que funcionar, funcione, pero de las secuelas ya hablamos luego, si eso.

Porque no todo el mundo es igual, ni quiere las mismas cosas, ni le afectan los hechos de la misma forma. A algunas personas no nos gusta destacar. Yo nunca he sido competitiva y tal vez por eso los deportes siempre se me han dado fatal. Al entrar en el instituto, el profesor de educación física insistió en inscribirme en una maratón de la zona. El tipo debió dar por sentado que al ser negra me colocaría en el primer puesto despeinando al resto de participantes a mi paso, y que llevaría el honor y la gloria a la institución, que dicho sea de paso como dato curioso, tenía esculpida una antorcha llameante en el dintel de la puerta. Lejos de ganar, quedé en lo que para mí fue un dignísimo puesto 15 de aproximadamente unos 50, mientras el profe se fue a casa llorando metafóricamente (porque era muy musculoso para llorar de verdad) por quedarse sin trofeo.

Ilustración inspirada en Glee, una serie donde los marginadillos de un instituto cantan y bailan a coro que lo flipas sin ensayar ni nada y lo petan en todos los bailes de fin de curso, pero aun así les tiran granizados a la cara por los pasillos.

Y a pesar de querer ser cantante de pequeñita, siempre he sido introvertida. Hasta ahora me cuesta un montón moverme en fiestas o grupos de gente. Yo soy la que se queda en un rinconcito observando al resto y esperando que nadie note su presencia. Así que lo de los focos y los aplausos no iba a ser para mí. Se te dan bien los idiomas, deberías estudiar turismo, me decían. Tampoco reparó nadie en que lo que no me gustaba era la gente. No fui a la Universidad porque lo de hacer una carrera siempre me ha sonado mal. Desde que pones el pie por primera vez en el cole te marcan la competición como objetivo, y a mí no me gusta corren si no es que voy a perder el tren. Y odiaba la perspectiva de pasarme toda la vida haciendo lo mismo. Aun así estudié y conseguí un trabajo en un hotel a pesar de no ser la mejor y tener un título mediocre y todo eso, y cuando me aburrí porque no me gustaba, lo dejé y me fui a Inglaterra.

Vivía en una pequeña ciudad pesquera que tenía varios pubs, pero solo uno cerraba a las 11 P.M. entre semana y a la 1 A.M. los viernes y sábados (y eso allí ya era tarde que te cagas) y había música en vivo todos los fines de semana. Allí conocí al batería de Iron Maiden, una noche que fue a tocar con otra banda más de estar por casa y cuyo nombre ni recuerdo, pobres, pero fue un gusto ver que a pesar de la fama mundial, siempre podía ir a tocar a un pub chiquitico con sus colegas si le daba la gana. Cuando volví a casa me puse a estudiar otra cosa y busqué una banda de rock con quien cantar, porque a pesar de los mensajes disuasorios del tipo es muy difícil llegar, había comprendido que no es necesario llegar a ningún sitio mientras haces lo que te gusta, y aunque en España no hay tanta cultura de música en vivo en los bares, nuestros bolos hicimos y me lo pasé genial.

Más tarde, ya con otro trabajo que conseguí fácilmente con mi nuevo título mediocre de algo que no tenía nada que ver, y ya con mi independencia y mi propio dinero, me puse a estudiar en serio canto y teatro musical, y hasta me dediqué a ello un tiempo. Hice algunas obras infantiles-juveniles en las que el reparto era coral y nadie era la estrella. Finalmente me llegó un papel protagonista en una obra en la que interpretaba a una niña "mulata" que sufría acoso racista en el cole. Ni blanca ni negra, puaj, me decían mis compañeros interpretando sus papeles. Un sueño dorado que consistía en interpretar mi peor pesadilla. La obra tuvo un éxito aceptable y buenas críticas, pero ya está. Para vender giras y eso, mejor cosas alegres con canciones sobre animalitos de granja y cuentos de toda la vida, que hablar de bulling y racismo es deprimente. Me quedé un tiempo en esa compañía porque decían estar muy contentos conmigo y que lo hacía muy bien. Aunque cuando terminó mi función como "la niña mulata" a la que nadie quiere, en tres años no volvieron a contar conmigo en las nuevas producciones, sino que solo me metían en obras de las que otras se habían cansado ya, o de comodín para salvar el bolo en sustituciones, una vez hasta de un día para el otro. El día que me negué, dejaron de llamarme y di esa etapa por terminada.

Y luego ya con la maternidad, el vivir fuera de la ciudad y menos tiempo para aficiones, descubrí el maravilloso mundo de los coros, cosa que me permite subirme a los escenarios y pasármelo teta sin estar bajo el foco y sin llevar el peso de la actuación. Y súper feliz, oiga. Es algo que sentí muy profundamente cuando vi la película Sucker Punch*: —¿Y si esta no es mi película? ¿Y si yo no soy la protagonista de esta historia, y simplemente soy algún personaje más o menos relevante en la historia de alguien?—  Creo que el mundo sería un lugar mejor si todas nos hiciéramos esta pregunta de vez en cuando. Si dejáramos de mirarnos el ombligo para mirar alrededor y ver qué puedes aportar en otras vidas. Si dejáramos de competir y empezáramos a colaborar.

Tal vez aquí pensarás que eso es muy bonito, pero soy negra, y eso de colaborar siendo negra en un mundo de blancos es muy happy flower. Totalmente. Pero esta es una reflexión muy profunda y resulta que yo cuando pienso en mí y en mis cosas, no estoy pensando constantemente como mujer negra, sino como persona y punto. Los que me ennegrecen son los demás. Sí, se han dado mogollón de situaciones en mi vida del tipo "palabra de blanco" vs. "palabra de negra" en las que la que ha salido mal parada he sido yo, pero eso es otra historia y ya la contaré otro día.

Ser mediocre está infravalorado porque nadie cuenta esa historia. A nadie le interesa. Todo el mundo quiere aplaudir al ganador y soñar que todo es posible. Will Smith buscando la felicidad**. O por el contrario y menos frecuente, la historia del perdedor, quien no supera el drama y se hunde en las drogas o en la misera y muere solo. Esas historias que son menos pero también venden porque piensas que tampoco estás tan mal. Pero no te dejes engañar, eso que algunos llaman mediocridad es la zona de confort. Y aunque algunos vendan libros y se hagan ricos a costa de decirte que salgas de ahí aun a riesgo de hostia fina, es cómoda, calentita y te llena la barriga. Si no, no se llamaría zona de confort. Igual se llamaría limbo o purgatorio o algo así.

Y todo eso viene a que yo me revelé contra la idea de ser la mejor y destacar en todo porque no iba conmigo y me llevó a una depresión adolescente que me hizo ver que era cambiar el chip o morir. Y luego me ha ido bastante bien a pesar de todo. No digo que le vaya a funcionar a todo el mundo porque como dije antes, no todo el mundo funciona igual. Soy consciente de mis privilegios: soy negra solo a medias, y aunque esté feo decirlo soy bonica de ver. Y nunca he tenido demasiados problemas para conseguir trabajos, algunos de lo que quería y algunos de mierda, supongo que como todo el mundo, por muy preparado que esté. Reconozco que igual que el color te puede perjudicar en un sitio, te puede beneficiar en otro, ya que también hay gente a la que le parece super cool tener una plantilla diversa. Además, en una entrevista de trabajo no es solo tu curriculum lo que manda, también está lo que transmitas como persona y el feeling que tengas con quien está delante. Y créeme que si esa persona es racista, va a dar igual todo lo que digas, lo que hagas y lo preparada que estés.

Lo que quiero decir con todo esto es que nunca sabes lo que va a pasar en el futuro, y nada que te amargue la vida hoy te va a preparar para todas las mierdas que tengas que afrontar mañana. Si realmente te gusta estar en la cima, estupendo, ve a por ello y te deseo toda la suerte. Pero de ahí a estar en el fondo de un agujero hay un espacio muy grande donde cabemos mucha gente sin necesidad de pisotearnos. Y que conste que este no es un discurso de infravaloración o conformismo. Al contrario, puedes debes disfrutar de ser quien eres, quererte como eres, sin necesidad de competir con nadie por la aprobación de nadie. Como dice Noa en una canción que llevo cantando a mi hija desde que la llevaba dentro: la vida es un acto de equilibrio.

Por último quiero dejar claro que no pretendo dar consejos ni lecciones. Simplemente comparto mis experiencias, como llevo haciendo desde que empecé a escribir como válvula de escape. Pero sería bonito que mis reflexiones de majara te tocasen de alguna manera, y que mi pequeño papel en tu historia fuera fructífero.


* Sucker Punch. A una chica monísima la internan por matar a su familia (aunque es inocente, claro),  y se le va la olla más todavía. Tiene unas compañeras que también son muy monas y se visten de cabareteras para ir a luchar. Dicen que es una película pero es un video clip de dos horas muy bonito de ver si te gustan los video juegos de pegar tiros. Algo así como Moulin Rouge, pero cambiando amor por violencia a cascoporro.

**En busca de la felicidad. Un señor que lo pierde todo excepto a su hijo, al que va arrastrando de punta a punta de la ciudad esquivando a los servicios sociales, decide trabajar seis meses gratis para que a lo mejor le den un trabajo. Es listo y buena persona, así que al final gana y se hace rico, como tiene que ser. Es muy emotiva e ilusionante aunque oculte que en la vida real quienes ganan son Amancio Ortega y el Señor de Nestlé.




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15 jul. 2019

Vacas, pollos... y negros



Empiezo estar cansada de las continuas comparaciones entre racismo y especismo que hacen algunas personas veganas, y los ataques que encima recibimos por considerarlo insultante y ofensivo. Le he estado dando tantas vueltas en los últimos días que cuando me decidí a escribir sobre ello no sabía ni por dónde empezar. Así que voy a partir de esta imagen. Desde luego, depende mucho desde dónde la mires. ¿En qué imagen te ves, en la de 1815 o en la de 2015? Ah, vale, en ninguna de ellas. Pues igual deberíamos empezar desde ahí para preguntarnos por qué a mí me ofende mientras otras lo defienden hasta el punto de acabar atacándome por sentirme ofendida. 

Por qué los veganos deberían dejar de comparar la explotación animal con la esclavitud y el racismo.

Exclusión y alejamiento. Cuando se usa esa comparación en el discurso vegano, se nos está excluyendo del objetivo. Si de lo que se trata es de concienciar sobre la relación que tenemos con los animales y la explotación de los mismos, debería hacerse sin utilizar ni ofender a ningún colectivo. De esta forma, se da a entender que una persona no blanca no puede plantearse ser vegana o vegetariana o reduccionista;  que las personas negras, encasilladas en el imaginario colectivo como pobres, ignorantes y barriobajeras, no nos preocupamos por esas cuestiones y que, junto con los animales, somos "los otros".
De este sentimiento de exclusión nacen websites como Black Vegans Rock, para desmantelar el estereotipo de que el veganismo es cosa de personas privilegiadas blancas, excluyendo a las negras de los espacios de lucha por los derechos de los animales; o como The Black Sistah Project, el proyecto crítico de una feminista racializada a través del paisaje alimentario ético post-racial... y más allá. 

Idea errónea de la superioridad"Es que te ofende que te comparen con un animal porque te sientes superior". Pues mira, no. A ti no te ofende que te comparen con un animal porque no has vivido esa comparación ni está enquistada en un contexto que te infravalora y te desprecia. Igual que seguramente no te molesta que te pregunten de dónde eres y a mí sí. ¿Por qué? Por el contexto y por la reiteración. No hace tanto tiempo, en el s.XIX, se escribían libros "científicos" que trataban de demostrar que los negros eran monos, y las palabras negro y bestia eran sinónimos. También se llamaban coons, (algo así como mapaches) a los negros fugados a quienes cazaban con perros y abatían a tiros como deporte, y se acabó populazizando el término para las personas negras en general. Y la palabra mulata viene de mula. Y no es la palabra mula lo que me ofende. Me ofende que la primera persona mestiza en recibir el nombre de "mulata" seguramente fuera fruto de una violación, porque la relación que había entonces entre personas blancas y negras no era de amor, sino de posesión y dominación, y cuando se le puso nombre a ese fruto tampoco se hizo con amor, sino con el desprecio que merece un engendro antinatural creado para el trabajo. Así que, disculpa si no llevo esa comparación con orgullo y satisfacción.

Apropiación cultural. Se coge desde fuera la historia de la captura y esclavización de los pueblos africanos y se utiliza en otro contexto alegremente como si fuera lo mismo, perpetuando así la imagen de la persona negra como esclava, inferior, inhumana... y se predica la empatía mientras se hurga en una herida que sigue abierta. Que no es que pretendamos olvidar, pero el hecho de asociar eternamente la negritud a la esclavitud no nos hace ningún bien a nivel individual, y reafirma el racismo de una sociedad directamente construida sobre sus bases.

Origen y alcance de la esclavitud. Es como si la Historia se contara desde los Estados Unidos, que aunque tenga una historia más bien corta, son como los jefes del mundo y los que hacen más películas. Así que todo lo que viene de los Estados Unidos hay que adoptarlo y repetirlo, como esta moda de las comparaciones, que todos los memes y citas al respecto que me llegan vienen de allí. Pero debemos saber que la esclavitud ya estaba presente en civilizaciones más antiguas y que no tiene por qué estar vinculada al color de la piel.

La esclavitud no es agua pasada. La mayoría de personas veganas que sienten la necesidad de esparcir su dogma, seguramente lo hacen desde un smartphone o un portátil manchado de sangre de coltan. Ropa low cost, explotación sexual, granjas de mujeres para la maternidad subrogada... El concepto de esclavitud puede ser muy amplio como para asociarlo siempre a las personas negras. Es más, la mayoría de quienes se declaran amantes y defensores de los animales tienen mascotas. Animales que son castrados contra su voluntad y por su bien, que viven en cautividad y que son propiedad de alguien. Sí, los queremos mucho y los cuidamos muy bien. Pero técnicamente, mientras no sean libres, son esclavos. En la época colonial de los Estados Unidos también había esclavas de compañía, generalmente las más claras de piel, hijas de personas mestizas y, a veces, incluso blancas, que servían de compañía para las damas desde pequeñitas. Y sí, las querían mucho y las trataban muy bien. Pero seguían siendo esclavas. Así que si nos ponemos a descontextualizar y a comparar a lo bestia, podríamos decir que todas somos esclavas de nuestro sistema.

La defensa desde la diferencia es pefectamente legítima. No hay nada malo en asumir que las personas somos diferentes de los animales, como todos los animales también somos diferentes entre nosotros. No hace falta subirse por las paredes ni acusar a nadie de sentirse superior. Cuando digo que una persona no es igual que una vaca, también me refiero a que una morsa no es igual que un lagarto, y que un pollo no es igual que un molusco. También hay quien defiende el feminismo desde la igualdad, pero las mujeres reivindicamos cada vez más que no queremos ser como los hombres, sino que exigimos los mismos derechos sociales mientras se respeten también nuestros derechos reproductivos, y se reconozcan la maternidad, la crianza y los cuidados como base indispensable para la sociedad.

veganrev
Ahora, cuando un colectivo reivindica que sus vidas también importan porque: sufre ataques racistas violentos, a veces mortales, la policía los detiene o los acribilla a tiros por si acaso más a menudo, las mujeres mueren hasta cuatro veces más al dar a luz en los hospitales... etc, etc., frivolizar en este contexto con la importancia de las vidas de los pollos y las vacas si no es una falta de respeto, ya me diréis qué es. Estamos de acuerdo en que los pollos y las vacas sufren y mueren a manos de las personas, pero el objetivo (con todos sus peros y nos guste más o menos) es el alimento, no el odio o la indiferencia o la necesidad de que exista "un otro". Si no somos capaces de ver eso, ya no sé.

La frase de Alice Walker. Se hace mucho en redes sociales lo de atribuir textos a falsos autores. La moda en algunas publicaciones veganas es echar el discursito de marras y rematarlo con "Los animales del mundo existen por sus propias razones. No fueron creados para los seres humanos como tampoco lo fueron los negros para los blancos o las mujeres para los hombres." firmado por Alice Walker, como si ella hubiera escrito todo el texto. Pues no. Solo esa última frase es suya, pero está sacada de contexto. En 1988 se escribió un libro titulado "The dreaded comparision", y Alice Walker escribe esta frase en el prólogo. Esto no significa que la idea sea suya, sino que resume en pocas palabras el argumento principal en el que se basa el libro. Es un libro descatalogado que básicamente defiende esta comparación. Aunque por lo poco que he conseguido leer por ahí, precisamente lo que la autora utiliza para defender su argumento, a mí me parece que claramente defiende el mío. De ahí que la moraleja es que todo depende del punto desde el que se mire, y si un grupo al que no perteneces te dice que se siente ofendido, hazle caso: igual tú no lo entiendes por el simple hecho de no pertenecer a él.
Siempre es efectivo que una mujer negra (ganadora de un premio Pulitzer, además), justifique un argumento claramente racista para que otros puedan decir que no lo es. Es como cuando VOX niega su machismo y su racismo porque hay mujeres y algún qué otro negro en sus filas. De todas formas, que una persona negra defienda una idea, no significa que el resto debamos hacerlo también, porque resulta que no somos un todo y cada una tiene su opinión. Y de hecho, la opinión global ha cambiado mucho desde 1988, en todos los sentidos. Así que si avanzamos como sociedad, no volvamos a caer en conceptos del pasado porque nos llegan ahora cuando en el país de origen han pasado de moda. De hecho, las imágenes arriba mostradas acabaron siendo borradas de sus cuentas. Por algo será.

La amistad o el cariño que sientas por una persona debería estar por encima de las etiquetas. No digo que me des la razón o que dejes de pensar como piensas, pero si alguien te dice que tus palabras le ofenden, deja de utilizarlas. Cuando fuera del contexto vegano te consideras antirracista y aplaudes las publicaciones que te hacen reflexionar y deconstruir tu privilegio blanco, pero luego la etiqueta que tú misma te pones está por encima de cualquier argumento y no te permite ver más allá, tu veganismo se convierte en sectario, tu pensamiento individual se diluye y antepones ser vegana a ser persona.

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10 jun. 2019

¿El color hace la raza?

Antecedentes
Mi madre y mi padre eran de nacionalidad española, por mucho que a la mayoría de la gente le cueste creerlo por ignorancia histórica. Mis abueles también lo eran.
Mi padre era lo que se llama blanco y mi madre era lo que se llama negra. Y yo soy lo que se llama mulata, aunque si te declaras antirracista deberías eliminar esa palabra de tu vocabulario porque la RAE no está muy por la labor. (La etimología es "mula" y no surgió como un piropo precisamente. Añado que "negro" tampoco.)
Me he criado en una familia negra y he vivido en un mundo blanco.
Me casé con un hombre lo que se podría llamar "blanco vikingo", y mis hijes son lo que se podría llamar "blanco español estándar"

Anécdotas
Una de las primeras veces que fui a buscar a mi hija al cau (es como los boy-scouts en Catalunya, perdonad pero no tengo ni idea de cómo se llama eso en el resto de España), ella me saludó al verme y una niña le preguntó quién era.
—Es mi madre —respondió mi hija.
—Anda ya. ¿Cómo va a ser tu madre si tú eres blanca y ella es negra?
Mi hija, que es muy suya y que probablemente jamás se había planteado nada parecido, simplemente pasó de responder y siguió con su vida.

Curiosamente también en el cau, lo que se considera un espacio abierto y respetuoso, en una excursión de madres y padres nos hicieron hacer una dinámica de grupo (las odio), en la que teníamos que representar los valores que nos gustaría que se inculcasen a la muchachada. Había una madre que iba con una niña pequeña, que decía "tolerancia" muchas veces. Era como que le daba mucha importancia y como si quisiera recalcar lo importante que era precisamente por estar delante de mí: una persona de una "raza" diferente a la que había que tolerar. Y precisamente, por tanto reiterar, la niña acabó preguntando. No recuerdo bien la pregunta, ni siquiera recuerdo bien la respuesta. Algo así como que la gente tiene diferentes colores de piel pero que no hay que despreciar a nadie por ello. Lo que sí recuerdo bien fue la respuesta de la niña. Mirándome y señalándome con el dedo y con un tono muy grosero le dijo a su madre:
—Ella tiene la piel negra.
—Ninguna persona tiene la piel totalmente negra ni totalmente blanca. —Contesté. —Eso son etiquetas para separar. 
Que ya ves tú lo que entendería la cría de todo eso, pero yo me quedé a gusto, porque oye, me había ofendido la niña. La madre se apresuró a disculparla y a decirme que no lo había dicho con mala intención, y yo asentí con la cabeza pero de morros, en plan "claro, claro, si nunca es con mala intención." Lo que yo me pregunto es qué le había hecho a esa niña (criada en ese hogar tan respetuoso y "tolerante") pensar y decir con tal seguridad que yo soy negra, cuando entre su piel y la mía probablemente haya medio tono de color de lápiz de Ubuntuland.

Una tarde, entro en el parque con mi hijo pequeño y, como siempre, él corre a jugar mientras yo me entretengo en cerrar la puerta. Había otras dos madres con sus hijes. Una le dice a la otra que qué niño más guapo. La otra le da la razón. La primera insiste. La segunda dice además que qué espabilado, y que tan chiquitito se sube a todo sin miedo y bla, bla, bla... (Sí, mi hijo lo peta. Igual es que le dejo jugar y trepar a las cosas y no me paso la tarde gritando "te vas a caer"). Yo observo a una distancia prudencial, como siempre. Socializar no es lo mío. La primera madre indaga, y por fin nota por interacciones del niño conmigo que yo soy su acompañante. Entonces empieza a dirigirse a mí. Que si qué guapo el niño. Y yo, mmpfff. Y finalmente la osadía:
—¿Es tu hijo?
—Sí.
—¿Qué ha salido? Al papá, ¿no?
—Pues la gente me dice que es clavadito a mí, oiga.
—Pues yo no lo veo.
—Pues hay gente que ve más allá del color.
Y luego ya cada una a su hijo, que estamos todas más guapas.

¿Y esto por qué me lo cuentas?
Pues porque veo a muchas personas negras reivindicarse como negras. Y oye, me parece estupendo. Pero me da mucha rabia que luego vayas por ahí diciendo tu opinión sobre las cosas y te digan que bueno, que yo las personas negras que conozco les gusta que las llamen negras y no les gustan los eufemismos. A lo que yo quiero dejar bien claro que

las personas negras no somos un todo. Somos seres independientes con ideas y opiniones propias. De nada.

Dicho esto, yo no me considero negra, ni me gusta que me llamen negra por dos razones muy básicas:

  1. Como dije antes, las personas no son ni blancas ni negras, ni mucho menos amarillas o rojas. ¿Has visto a alguna persona oriental reivindicarse a sí misma como amarilla? ¿Por qué hacemos eso las personas negras? El apelativo de negro nos lo puso el colonialismo al descubrirnos e invadirnos. Antes de que viniera nadie a decirnos: "Yo blanco, tú negro" (cuya connotación oculta es "yo bueno, tú malo"), éramos todas simplemente personas.
  2. Ni siquiera soy 100% negra. ¿Por qué las personas blancas se empeñan en llamar negra a toda aquella que tiene una tonalidad, o simplemente unos rasgos que no les cuadran en el estándar 100% blanco? ¿Y por qué yo me tengo que callar y sentir identificada con eso? Asumir que soy negra es negar al menos media parte de mí. Independientemente de la relación que haya tenido o dejado de tener con mi familia blanca
Yo no nací negra, nací persona. Me convirtieron en negra les primeres niñes que me lo dijeron en el cole. Les que me deshacían las trenzas y se burlaban de mi pelo. Y desde ahí, todas las veces que me han hipersexualizado, tenido seguratas pegados al culo en tiendas, o ignorado en los castings porque "no había papeles para mí"... Y hablando de castings, cuando me dedicaba al show business sí que he resultado ser demasiado blanca cuando se pedían personas negras. Fíjate tú.
Porque resulta que si te olvidas de mis rasgos y simplemente pones tu brazo al lado del mío, no verás tanta diferencia. Mi piel del invierno es la tuya del verano. Entonces, ¿Qué hace la raza? ¿El color, los rasgos, el prejuicio? Porque a ver si va a ser verdad que en humanos eso de la raza no existe, y van a ser etiquetas, sin más.

Razas, la faz cambiante de Estados Unidos
Razas, la faz cambiante de los Estados Unidos.
National Geographic.
Si tienes un rato, dale al enlace de la foto. Es un artículo fotográfico muy interesante que demuestra cómo lo de poner etiquetas de color está empezando a quedar bastante ridículo.

Todo este tema me rondaba mucho en la cabeza hace tiempo, pero ha sido ver este vídeo y pensar: ¡Gracias! Así es justo como lo veo yo. Por fin alguien que lo dice en alto y en vídeo. Otra fotógrafa.



En fin. He oído y leído a algunas compañeras decir que ser negra no es solo un color. Que no se trata del tono de marrón que tengas. Vale, pues entonces no nos definamos con el color. Ser negra es una forma de vida, una actitud, porque sabes que eres como eres porque te ven negra, y las experiencias que has tenido que vivir por serlo han formado en mayor o menor medida tu carácter. Y si ser negra no se quita quitando el color o el rizo o los vestidos de colores vivos, deberíamos hacerlo real. Yo soy afrodescendiente. Eso sí lo era cuando nací. Eso sí me ha dado ciertas peculiaridades físicas. Eso sí que me conecta con mis raíces. Y esa palabra nunca ha sido utilizada para insultarme. 

Lo otro, amigas mías, se lo han inventado elles. Y a mí no me representa.

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5 jun. 2018

Mi pelo

Hoy va de anécdota rara.

Resulta que al final de un día muy chulo en el que he ido a clase, después me he quedado un rato en el patio a charlar con unas compañeras y después he ido con un amigo a tomarnos unos nachos con cerveza y unas horas de charla filosófica, pongo mi culo en el tren, y como tengo un largo rato, he llevado el pelo suelto todo el día y se me ha enredado un montón, decido sacar mi peine y mi frus frus de agua (solo agua, para hidratar, no te pienses que llevaba nada apestoso o aceitoso o raro) y me peino.

El pelo afro, para quien no sienta familiaridad con él, es difícil de desenredar. No se cepilla de arriba a abajo hasta que se resuelve, sino que hay que ir pasando el peine poco a poco, a mechones, desde las puntas hasta la raíz. A veces, los enredos bestias hay que desenredarlos haciendo circulitos con las yemas de los dedos. Si este es muy fino, como en mi caso, y no se desenredan estos nudos, se convierten en rastas.



Era de noche. El tren iba casi vacío. Estaba yo sola en uno de esos espacios de 4 asientos. No había nadie a quien pudiera salpicar o dar codazos. De hecho, un par de grupos de 4 asientos más adelante había un chico joven maquillándose, que fue el que me hizo caer en la cuenta de peinarme. Y reitero, el tren iba casi vacío. Pero por las mañanas, con el tren más concurrido, no son pocas las personas que he visto peinarse y maquillarse. Que algunas tenemos trayectos largos y a todas nos viene bien dormir 10 minutos más.


A lo que iba. Ya había terminado de hacerme las dos trenzas que me suelo hacer cuando ya estoy desenredada y lista para irme a la cama. Cuando faltaban dos paradas para la mía una señora muy amable, muy elegante y muy educada, se me acerca y me dice:

—Hola. No he podido evitar observarte durante un buen rato y tengo que decirte que lo que estabas haciendo es una falta de respeto enorme.

Yo me quedo picueta y ojiplática, intentando hacer una lista mental de todas las cosas irrespetuosas que había hecho. No me costó mucho porque no suelo fumar, ni poner los pies en el asiento, ni poner música en el móvil, ni siquiera hablar por él, como hace mucha gente que aprovecha el viaje para cultivar sus amistades o ponerse al día de los cotilleos del vecindario a voces, y ya querrá una leer o algo. No se me ocurría forma alguna en la que le hubiera podido faltar el respeto a alguien, y no recuerdo si le pregunté de qué iba todo eso o como soy un libro abierto mi cara de "no lo pillo" lo dijo todo, pero continuó:

—Eso de pasarte media hora peinándote y deshaciéndote los enredos. Es una falta de respeto.

Y yo que seguía picueta y trataba de comprender en qué podía haber molestado a la señora contesté:

—Eh... he tirado los pelos a la basura —todavía con cierta incredulidad. De hecho, si de verdad llevaba tanto rato observándome e indignándose, debió haber visto cómo me levantaba en dos ocasiones para tirar las bolitas de pelo resultantes, primero de una mitad de mi cabeza y luego de la otra.

—Ya, bueno, pero aquí hay aire acondicionado, y los pelos sueltan partículas y las respiramos todos. Y te has pasado media hora quitándote los enredos. Eso lo tienes que hacer en tu casa.

Y se abrieron las puertas y se fue. La verdad es que esto pasó en apenas unos segundos, porque la señora educada fue muy valiente y vino a sermonearme justo cuando se tenía que bajar, para comerme el marrón y no tener tiempo de réplica.

Y claro, luego recapitulando me pareció que dio énfasis a lo de deshacerse los enredos. Porque mi pelo es enredado y complejo y eso ofende. Si en lugar de ser yo hubiera sido Rapunzel peinando y peinando y peinando su lacia y rubia melena, no hubiera habido ningún conflicto y hasta puede que le hubiera hecho un bonito comentario acerca del brillo solar de su pelo y habrían acabado cantando. Pero no es así. Mi pelo tiene nubes y nudos. Es horroroso. Debería plancharlo o quemarlo. Debería pedir perdón por existir por tener un pelo como este.

Entonces recordé esa polémica de la búsqueda en Google de "peinados no profesionales para trabajar", en la que prácticamente solo salían imágenes de mujeres afrodescendientes con pelo natural, y si hacías la búsqueda contraria las mujeres salen blancas y los cabellos lisos u ondulados.

The Guardian: Do Google's "unprofessional hair" results show it is racist?
Nótese que el tercer peinado de la primera parte es el mismo que el segundo de la segunda. Solo que el primero es afro y el segundo es liso y rubio. Qué chachi ser blanca y que nadie dude de tu profesionalidad o de tu civismo por tu pelo. Microrracismo lo llaman. Eso lo dirá alguien a quien no le abroncan por peinase.

En cuanto a la señora, me gustaría haber tenido la oportunidad de decirle que a eso se le llama optimizar el tiempo y que debería probarlo. Tal vez así no viviría tan pendiente de los demás y no estaría tan amargada.

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1 may. 2018

¿Dónde nace la manada?

En estos días de indefensión y rabia tras la sentencia de "la manada", me viene continuamente a la cabeza un viaje en furgoneta que hice hace unos meses. Íbamos de Barcelona a Madrid seis músicos y yo para tocar en un concierto. Paramos en un bar a comer, y en la pantalla gigante un canal de música en el que, al parecer, solo existía el reggaetón. No sé mucho de reggaetón (ni ganas), solo sé que en los video clips suelen salir mujeres en bikini o en ropa interior bailando o simplemente paseándose por ahí sin sentido, mientas los hombres las persiguen, babean, se restriegan o lo que les salga.

Y ahí surgió un globo de testosterona que iba creciendo y creciendo por momentos. Me dieron un viaje de lo más placentero, escuchando desde sus fantasías con unas y otras, hasta análisis de lo guarras o lo puritanas que son tales o cuales tipos de mujeres. Distinguí claramente a los instigadores, los que seguían el rollo de buena gana, y los que lo seguían solo un poquito, incluso incómodos. Pero a la hora de decir basta me quedé sola. Curiosamente la única mujer. Penosamente, la única madre. Fue cuando alguno comentó algo sobre el cuerpo de una chica tan joven que me vino a la cabeza mi propia hija y lo poco que le quedaba para llegar ahí. Les pregunté si toda esa mierda la pensaban de verdad o solo se estaban midiendo los penes. Se hizo un incómodo silencio y a partir de ahí se cortaron un poco. Al menos delante de mí. Porque una vez en la sala, durante las pruebas de sonido, me acerqué hacia algunos de ellos que estaban en corrillo y oí a uno (de los instigadores) decir "que viene", y se quedaron calladitos. Como críos que esconden sus travesuras a mamá. Me podía haber dado rabia, pero la vergüencica ajena la eclipsó rápidamente y me reí.


Y ahora pienso en ese día y en ese grupo y lo veo muy claro. La manadas empiezan ahí. En aplaudir y jalear chascarrillos machistas y que nadie los calle. En conversaciones entre risitas y gestitos en las que aparecen términos como gang bang, o MILF, y todo ese léxico aprendido en el porno mainstream, en el que las mujeres somos cosas y el sexo es violencia. En que si sales de caza después del bolo follas fijo, porque ser músico es guay, por la alegría del momento y porque si hay alcohol y drogas, mejor. Las manadas nacen en conversaciones en bares, en furgonetas, en grupos de whatsapp... entre hombres que no siempre tienen claros los límites, y que nunca sabes hasta dónde pueden llegar.

Creía que era fácil educar hijas en el feminismo y que hacerlo con un hijo iba a ser un reto. Cuando tuve a mi hijo supe que tenía que hacerlo, costara lo que costara, porque era tanto o más importante enseñar a mi hijo a respetar que enseñar a mi hija que no tenía por qué ser una damisela en apuros, que podía ser lo que ella quisiera. Pero, ¿sabes qué? Mi hijo está a un mes de cumplir los dos años. A veces jugamos y a veces no controla. Es solo un bebé y es muy bruto. Se monta encima de mí, nos placamos, nos hacemos cosquillas y nos reímos, pero a veces se sienta en mi cara, o me araña o salta sobre mi vientre. Y me hace daño. Y cuando me hace daño le digo: ¡Para! Con voz enérgica y gesto serio, y le hago el gesto en lenguaje de signos de estar enfadada y el de sentir dolor. Entonces para, baja la cabeza y pone carita triste. Durante unos segundos se queda así. Sabe que así no. Luego lo abrazo, le doy mil besitos y hacemos las paces. Él es un bebé y ya lo ha entendido. Solo necesita seguir así conmigo, con su hermana y con todas las personas, y ya me encargaré de que jamás se le olvide.

Ahora veo que lo chungo es enseñar a mi hija a protegerse de bestias que nada tienen que ver con lobos, a estar alerta, pero a la vez ser valiente. A ser prudente pero no vivir con miedo. Ahora a veces me da por pensar en todas las agresiones sexuales que he vivido a lo largo de mi vida. Organizarlas en mi mente, cronológicamente, por tipo, por gravedad... A veces pienso en de cuántas me he librado por suerte o qué sé yo por qué. A veces salen historias que he leído en blogs, o en facebook, o me han contado mis amigas, por que no era solo yo, somos tantas y nos han pasado tantas cosas... ¡a todas! Y ahora me pregunto cómo voy a criar a una hija valiente cuando me mata de miedo no llegar a tiempo de hablarle de violencia machista y agresiones sexuales antes de que las viva. 

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