12 sept. 2009

Más femenina que nunca

Llevo un año sin cantar. El año pasado por estas fechas realicé mi último bolo, curiosamente en una boda lesbiana. Teníamos que cantar una canción a capella en la ceremonia y luego el repertorio habitual en la fiesta. Estaba embarazada de 10 semanas y mi vientre no abultaba más que el de cualquier chica que se hubiera puesto hasta el culo de gaseosa, pero tuve la mala pata de ir a un juzgado, con mi compañera y nuestro representante, y ante el detector de metales de la entrada cuyo cartel pegado con celo ordenaba: "si está embarazada o cree que puede estarlo, no pase por aquí", tuve que descubrirme. Me quedé empanada ante la puerta, con los ojos clavados en el cartel y en el arco, porque este tipo de situaciones todavía no me las esperaba. Y finalmente balbuceé algo así como: "yooo... nnoo... no puedo entrar ahí....". El guardia enseguida acudió a mi rescate y me hizo pasar por la puerta de al lado, sin arco. Luego resultó que la boda no se celebraba allí, sino en el ayuntamiento... pero el daño ya estaba hecho.

Todo fue muy bien: la boda muy bonita, la fiesta un éxito, y las novias encantadas. Me invitaron a tomar cava y les dije que no, porque estaba embarazada, y se pusieron muy contentas por mí. Pero la productora de eventos con la que trabajaba no volvió a llamarme. Sólo una vez, cuando ya estaba de casi cuatro meses, disfrazados de un falso interés por mi salud, cuando entre líneas se leía la pregunta: "¿sigues embarazada?" Al parecer necesitaban una cantante desesperadamente y les había fallado todo lo demás, pero aún así, no les cabía en mente contar conmigo mientras estuviera embarazada. Después de esta llamada sí que no he vuelto a saber nada de ellos.

Cuando empecé a trabajar con esta gente me pareció estupendo y cada vez que tenía que hacer un bolo con ellos decía: "tengo un bolo con los del glamour". No era como los bolos cutres donde yo tenía que llevármelo todo de casa y morirme de asco cantando el "Paquito Chocolatero" o algún éxito del momento del triunfito de turno. Allí me maquillaban, me peinaban con postizos, me ponían trajes de diva, y el repertorio tenía la clase de Cole Porter, Sinatra o Queen. Todo glamour. Pero parece ser que todas las pelucas, todo el maquillaje y todos los vestidos elegantes del mundo, no son suficientes para mantener el glamour cuando una está embarazada. Y es curioso, porque yo jamás me había sentido tan femenina. Pero en fin, para no hacerme mala sangre, me limité a callarme y a olvidarme de ellos, porque no creo que hubiera podido hacerles entender la belleza y el glamour de una mujer en su máximo nivel de feminidad, con la expresión luminosa y radiante que da la felicidad de estar creando vida. Aunque sigo indignada porque la gente no lo vea de ese modo.

Por suerte, en mi otro trabajo, mis jefes fueron mucho más comprensivos. Interpretaba a la Bruja del Mar de "La Sirenita" en una gira de teatro para niños de primaria. Y me dijeron: "no pasa nada, si todo el mundo tiene la imagen de la bruja pulpo de Disney, y ya se la esperan gorda". En fin, menos mal que hacía de bruja. Si llega a ser la virginal Sirenita la que llevara el bombo, puede que fuera más peliagudo. Reconozco que entonces, sustituirme sí que habría tenido sentido.

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