2 sept. 2009

Mi caminito interior: de cesárea a cesárea

Hace mucho, mucho tiempo, allá por el pleistoceno inferior, pensaba en cuán grande sería mi suerte si llegado el momento de parir, alguna circunstancia llevase a los sabios doctores a practicarme una cesárea, y así no tener que pasar por el infierno de sangre y dolor del parto.

Estaba bastante acostumbrada a ver parir en películas y telecomedias a mujeres sudorosas que gritan y lloran, y maldicen a sus maridos, y tratan de empujar en posiciones imposibles mientras un extraño al que sólo le falta fumarse un cigarro o comerse un pedazo de pizza va metiendo las manazas por entre sus inmovilizadas piernas, y todos animan y vitorean como en un partido de fútbol.

Luego, hace mucho tiempo, pero menos, pensaba que si por lo que fuera no podía conseguir que me hicieran una cesárea, almenos podía parir con una epidural, que tiene todo lo bonito de parir, pero no te duele nada de nada. Pero en las películas y las telecomedias no suelen mencionar la epidural. Claro, para los guionistas sería renunciar a un dramatismo o a una comicidad bastante resultones, y supongo que pasar por todos los trámites rutinarios previos como monitorizar, enchufar un enema o poner una inyección entre las vértebras, sería restarle sustancialmente la magia a todo el asunto.

Aunque la epidural es otra trampa de la vida moderna. Porque hasta que una no va a las clases de preparación al parto, a no ser que una sea ginecóloga o tenga amigas que hayan parido y se lo cuenten, una no suele tener ni idea de lo que es la episiotomía. Y es que si el médico de turno ve que se le consume el cigarrillo o que se le va a enfriar la pizza, coge unas tijeras y hace un cortecito para que el bebé salga más rápido, total, como no duele...

Y ya estando embarazada, en las clases de preparación al parto empezó mi caminito, mi interés por alejarme de las ideas preconcebidas, de los tabúes y de las falsas imágenes televisivas, y saber lo que pasa de verdad. Entonces aprendí que por maravilloso que quieran pintar un parto con epidural, apenas vas a poder empujar, apenas vas a participar en tu propio parto y te van a tener que hacer un corte que más tarde serán unos molestos puntos por unos cuantos días, y que en ocasiones un mal remiendo puede ocasionar dolores o molestias de por vida. A través del yoga, aprendí que el dolor no es malo, que cada contracción te hace más fuerte y que a cada contracción pasada estaría más cerca de mi bebé. Aprendí a respirar, a relajarme, a escuchar y obedecer a mi cuerpo, a apartar el dolor mediante la respiración. Aprendí que millones de mujeres habían dado a luz a sus hijos mucho antes de que hubiera hospitales o de que se hubieran escrito libros sobre cómo hacerlo. Aprendí que la única forma de evitar una episiotomía era empezar por evitar una epidural. Y lo más importante: aprendí a no tener miedo al dolor.


Pero al parecer, tanto yoga y tanta meditación hizo que mi bebé se olvidara de ponerse en su sitio, y se pasó las últimas semanas dentro de mí sentada en plan loto, así que mi caminito, lejos de acabar en la meta, cuando estaba a punto de llegar me devolvió al principio. Cesárea programada a la semana 39.

Lo que nadie te cuenta sobre la cesárea, el desenlace.

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