8 oct. 2010

Trabajo, maternidad y yo

Cuando estaba embarazada de 4 meses tuve que dejar de trabajar. Pensaba aguantar hasta el último momento porque adoro mi trabajo, pero recorrer toda España en furgoneta fue superior a mí. Cada vez que me bajaba de la furgo me quedaba doblada y me costaba un horror recuperar la vertical. En fin, que me aburrí mucho. Tanto que no veía el momento de comenzar a trabajar. Estaba de gira de teatro escolar, que como siempre duran hasta mayo, pero yo me retiré en noviembre. Y para junio, julio y septiembre solía colaborar en la oficina en otra compañía de teatro escolar, esta en inglés, en la temporada alta de reservas.

- ¿Contamos contigo este año? - Me preguntó el jefe. - Por supuesto, voy a parir en abril, en junio ya no estaré embarazada.

Curiosamente y sin buscar nada, me llegó una convocatoria de casting para una obra de teatro familiar que se representaría en octubre y noviembre los domingos por la mañana. Cosa que a mí me iba a ir muy bien, es trabajo, pero relajado, no el locurón de las giras escolares de octubre a mayo.

- Los ensayos empezarán en junio porque tenemos que estrenar en Agosto en el Festival de Peralada, ¿te iría bien? - me dijeron por teléfono, antes de ir al casting. Y yo de nuevo pensé que en junio ya no estaría embarazada, así que: - Sí, sí, estupendo. Por cierto, estoy embarazadísima, os aviso para que no os peguéis el susto en el casting. Y a la jefa le hizo mucha gracia.

Y ahí me veía yo, haciendo un cásting para interpretar a una niña de unos 11 años, con mis 35 añazos y un bombo de 8 meses y medio. En realidad no lo veía nada claro, si fui a hacer aquél cásting fue por puro aburrimiento, llevaba 4 meses sin trabajar, mi hombre estaba también de gira con otra compañía, y me vino bien salir, bajar a la ciudad y relacionarme con personas tridimensionales un rato. Y contra todas mis escasas esperanzas, van y me dan el papel. ¡Olé yo!

Total, que nos plantamos en el mes de junio y tengo que encarar los compromisos anteriormente aceptados, y de repente la vida me da una buena colleja porque yo no hacía más que contar hasta cúando iba a estar embarazada; lo que no contaba era que después del embarazo, iba a tener un bebé. Así que comienzo en junio mi trabajo de coordinadora de reservas en una oficina en la ciudad, a la otra punta de la estación de tren, a dos horas de camino desde casa. La jornada es de 9 a 15h. Yo me levanto a las 6. Le doy la última tetada a mi bebé y la dejo dormidita junto a papá en la cama. Él ha terminado ya la gira, así que nos va de perillas porque almenos él se queda en casa.

Durante mi jornada, hago dos paradas para sacarme la leche. Y como no hay ninguna sala de lactancia en el trabajo, tengo que hacerlo en el lavabo: cojo mi sacaleches manual (el eléctrico era muy caro, ¿y yo qué sé? pensé que este también iría bien)  me siento en la tapa del váter, me subo la camiseta, desabrocho los ganchitos de las copas del sujetador, me aguanto la camiseta subida con la barbilla, cojo el cacharro, lo monto, empiezo a darle a la bomba, una gotita, dos gotitas, tres gotitas… finalmente el chorrito: yupiii!!! Curiosamente, cuando uno está en el lavabo siempre hay alguien que tiene ganas de entrar y llama discretamente: “toc toc”. Yo me apresuro a ponerlo todo en su sitio y salir, como sé que voy a tardar decido dejar pasar y luego volver. Salgo y no hay nadie. Parece que el impaciente que quería entrar ha decidido seguir con lo suyo y volver luego a ver si está libre. Vuelvo a entrar. De nuevo todo el ritual, empieza a salir el tímido chorrito y… TOC TOC TOC!!! El colega de antes está empezando a ponerse nervioso o es otro colega con más mala leche. Salgo y me vuelvo a hacer mis cosas, ya volveré. Pero la historia se repite y se repite y llego a la conclusión de que hay que encontrar una forma rápida de hacerlo, y si viene alguien, nada de hacer pausas, que se espere a que acabe. Así que en un momento de desesperación, desenrosco el recipiente de la bomba, lo coloco bajo el pezón y me estrujo el pecho. Chorro múltiple. A cada estrujada salía un chorrito más abundante, y yo emocionada. ¡Por fin! En los 10 minutos que estuve en el lavabo llené 50 ml, que con el tiempo se han convertido en 100. Sacaleches=0, mis manitas=1. Sobre las 5 de la parde llegaba a casa, le daba a mi bebé una buena dosis de teta y dejaba en la nevera las reservas para el día siguiente. Prueba conseguida. He vuelto al trabajo y he mantenido la lactancia.

A mitad de mes comienzan los ensayos. De 4 a 8 de la tarde, a veces hasta las 9. Con un descanso para merendar que yo aprovechaba para meterme en el lavabo y sacarme leche. Llegaba a casa entre las 10 y las 11 de la noche, a veces con los 4 potecitos de 150ml. llenos de leche para el día siguiente. A veces,  me hacía una última ordeñada en el tren, de camino a casa. Aunque no siempre había suficiente. Y muy a pesar mío, tuve que completar la dieta con leche artificial. Eran demasiadas horas.

Fueron unos meses muy duros; dejar a mi bebé de dos meses durmiendo de madrugada, para volver a verla ya en la cama al llegar a casa de noche fue experimentar un dolor desconocido. Pero pasó pronto. Y conseguí mantener mi lactancia a pesar de todo, porque la cabezonería a veces tiene cosas buenas. En agosto estrenamos, tuvimos el resto del mes de vacaciones y en septiembre ya sólo tenía el trabajo de las mañanas en la oficina y un par de ensayos de repaso por las tardes los últimos días. Pero luego vino lo bueno. A partir de octubre recogí lo sembrado y disfruté de dos meses trabajando sólo los domingos por la mañana, con el resto de tiempo en exclusiva para mi niña, recuperando todo lo perdido.

Después intenté buscar un trabajo de media jornada. De lo que fuera, teleoperadora, manipuladora... con esta profesión de ahora tengo trabajo, ahora no, estoy acostumbrada a hacer cualquier cosa en los intervalos sin que se me caigan los anillos. Lo que sí estaba claro es que iba a trabajar media jornada, que lo de las giras escolares lamentablemente se había terminado y que no iba a permitir que mi hija se criara en una guardería de sol a sol. Pensé, ingenua de mí, que con estos tiempos que corren no sería difícil encontrar cualquier cosas de media jornada, que así el trabajo estaría más repartido, y que tal vez ese habría sido el lado positivo de la crisis. ¡JA! Resulta que la crisis sólo ha servido para que los empresarios pidan que trabajes más horas por menos dinero, y que si no te gusta ya vendrá otro, que hay cola. Deprimente.

Pues nada, no busco más, me quedo en casa. Lo que no voy a hacer es aceptar un trabajo esclavo y mal pagado para pagar una guardería. Ni me entusiasma la idea ni me sale a cuenta. Cuando terminé mis trabajos, mi señor volvió a la empresa en la que nos conocimos, donde le tienen bien valorado y le han confeccionado un horario a su medida. Como vivimos lejos de la ciudad, sólo trabaja de viernes a domingo, 30 horas a la semana, cosa que le va genial, para escribir, para estudiar, para estar con su familia... Yo también quedé muy bien con la última compañía, y en el último año me han ido llamando para hacer sustituciones, con lo que he mantenido una media de dos bolos al mes, y también han contado conmigo para el espectáculo del verano en el Tibidabo, en el que como somos dos equipos, trabajamos una semana sí y otra no.

Hemos aprendido a vivir con lo mínimo y hemos renunciado a cosas que, en realidad tampoco echamos de menos. A veces, cuando vamos a hacer la compra, nos tiramos horas. Vamos con una niña de año y medio que nunca va en carrito, camina despacio, pero camina sola, se para, toca cosas, corre, juega, se esconde detrás de una columna, le doy un susto por detrás, se ríe, si se cansa la cojemos en brazos o me la ato al fular... y veo a los niños que van atados al carrito para que sus mamás puedan ir más deprisa con los suyo, o a niños que juegan y la lían en el súper, porque son niños y es lo que hay, pero las madres se ponen nerviosas y les gritan y les zarandean, y sé que a veces no es culpa suya, es que tienen demasiado estrés y les falta el tiempo...

Nunca antes pensé que sería una de esas madres que se quedan en casa a criar a su familia, pero la cosa ha ido así, y en realidad me doy cuenta de que es perfecto. Puede que me estanque profesionalmente, pero como no siempre tengo trabajo de lo que me gusta, siempre he dicho que yo soy yo y me dedico a tal cosa, no soy actriz, ni teleoperadora, ni recepcionista porque no soy mi profesión. Ya me reciclaré en el futuro si hace falta. Sé que lo que tenemos ahora no tiene precio. Y mientras podamos seguir así, no necesitamos nada más en el mundo. Desde luego, vale la pena.

Artículo incluido en la I edición del Carnaval de blogs de educación consciente y crianza respetuosa: Criar y trabajar

2 comentarios :

azulitoclaro dijo...

Por supuesto que vale la pena y por supuesto que se puede vivir con menos y con más felicidad (Jiji. Justamente voy en la 7ma entrada de una serie sobre ese tema. Pásate por nuestro blog a ver si te interesa). A nosotros nos pasó algo parecido: Yo también trabajaba, pero una vez descubrí que estaba embarazada hablé con mi jefe y le dije que quería más tiempo y tranquilidad. Me propuso recortar la jornada, pero cuando eché números concluí que no valía la pena trabajar para tener para pagarle a quien necesitara para cuidar a mi pequeña. Ella merecía todo. Así que renuncié y felizmente, hasta aquí, estoy con ella. No me importa no trabajar en algo fuera porque siento que tengo el trabajo mejor remunerado del mundo. Y algo mejor, siento que a mi niña se le nota (y mucho) el tiempo que recibe de papá y mamá. Vivimos con calma y tranquilos. Y ella experimenta cuánto quiere. No estamos en el campo como ustedes (que debe ser lindísimo), pero sí rodeados de parques verdes.
Sé que con respecto al trabajo no todas piensan igual... En lo que a mí respecta, al menos, estar con mi chiquita tampoco tiene precio.
;)
Saluditos,
A.

8 de octubre de 2010, 23:21
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Nebetawy dijo...

Jeje, lo sé, "menos cosas y más felicidad". Qué gran frase para resumir lo que deberían ser nuestras vidas en cuanto nos planteamos restarnos complicaciones. Qué curioso que hayamos tenido que ser mamás para darnos cuenta de algunas cosas que ahora nos parecen tan evidentes.
Por cierto, los consejos para ahorrar, SUPERÚTILES! :D

10 de octubre de 2010, 1:20
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