13 dic. 2010

La semilla de la habichuela

Últimamente no tengo mucho tiempo para el blog. He aceptado un trabajo temporal de picateclas y cuando estoy en casa, poca tecla me apetece picar.

Pero hoy voy a dedicarle unas palabras a mi hombre, porque a veces encuentro comentarios felicitándome por el blog y por los dibujos, y yo suelo decir: "no, el mérito no es mío, es mi marido el que dibuja, ojalá yo supiera hacerlo tan bien". Pero como los comentarios individuales a veces pasan desapercibidos, o a veces se me pasa alguno sin contestar, necesitaba dedicarle todo un elogio exclusivo, que bien lo merece.

En los blogs de mamás, normalmente hablamos en primera persona y como no siempre mencionamos a nuestros hombres, parece que estemos solas en la andanza de la crianza y en las reflexiones sobre ella.

Pero no suele ser así. Y en mi caso, implicado en la crianza al máximo y trabajando de sol a sol los fines de semana para tener más tiempo para su familia, y envuelto en todas nuestras historias de teta, porteo, colecho, cobaño... también está él, la semilla de mi habichuela, que aunque no es muy amigo de internet, se involucra en el blog y en lo que trato de expresar en él, haciendo los dibujos y aportando alguna que otra anécdota vikinga. Es un padre cariñoso y paciente y un marido comprensivo y colaborador, y siempre cocina, porque si por mí fuera, me moriría o malviviría a base de bocadillos y galletas, y me quiere tanto que no puede permitir que eso pase.

Y como no quiero ponerme ñoña contándoos lo maravilloso que es, os lo presentaré copiando un cuento que escribió hace años. No es de los mejores ni de los últimos, pero es mi favorito porque recuerdo la época en que lo leí, cuando empezaba a enamorarme de él.

7 noches borracho

¡Ay cómo te cuente lo que me pasó el lunes por la noche! Yo estaba borracho (¡ay, qué borracho estaba yo!) y salí a pasear por la calle, y me tropezaba con los bancos, y con las papeleras, y con las paredes, y con las esquinas, y me tropezaba con mis pantalones, y con mis zapatos, y con el dedo gordo de mi pie izquierdo, y qué borracho estaba yo cuando salí a pasear por la calle aquella noche. Y me encontré yo con una sirvienta borracha y me dijo “bailemos”, y bailamos sobre las cabañas y sobre las cabezas, y sobre las mesas y sobre las castañas, y me dijo la borracha sirvienta “bebamos”, y yo bebí de su vientre y de sus ojos, y ella bebió de mis manos y de mis versos llenos de magia cuando por la noche salí a pasear por la calle. Y me dio ella un whistle y me dijo “toquemos”, y tocamos por las calles, y tocamos por los puentes, y tocamos por los ríos, y tocamos por los mares, y una señora asomada en la ventana me dijo “a ver si te meto el whistle por donde me sé yo”.


Y llegó el martes por la noche, pero yo estaba borracho (¡ay, qué borracho estaba yo!) y tuve que dejar a la ya sobria sirvienta, y me lancé a la mar y me compré un sable y una botella de ron, ron, ron, la botella de ron. Y descubrí un mundo nuevo, y me acerqué a una mujer sentada en una moto y le pregunté por su mundo nuevo, y ella me dijo que le parecía viejo. Y yo le dije “bailemos”, y bailamos sobre unas cosas que me parecían muy nuevas y desconocidas, pero al poco me aprendí sus nombres y sus formas, y me parecieron vulgares y tediosas. Y le dije “bebamos”, y bebimos extraños licores destilados por manos desconocidas, y al principio me parecieron muy buenos, pero pronto me cansé de ellos, porque me parecía que los había bebido mucho durante mucho y ya estaba cansado de ellos. Y le dije “toquemos”, y yo saqué mi whistle y ella sacó el suyo, y tocamos juntos melodías compuestas por nosotros mismos, melodías que nadie nunca antes había escuchado, y me parecieron muy bellas y le pregunté a ella y me dijo que también, y nos dimos un besito en los labios y nos juramos amor eterno, y entonces salió una señora por la ventana y me dijo “a ver si te meto el whistle por donde me sé yo”.

Y llegó entonces el miércoles por la noche, y anda que no estaba yo borracho (¡ay, pero qué borracho estaba yo!), y decidí marcharme de aquella ciudad que tan bien conocía y tan poco me sorprendía. Me acerqué a mi amor y le dí un beso de despedida, por lo que habíamos pasado juntos, pero ella me cogió las manos y me dijo no te vayas, amor, y se abrazó a mí, y noté su cuerpo cálido junto al mío y sus lágrimas mojaron mi hombro. Entonces intenté consolarla y le di un beso en la frente, pero no supe qué decirle porque nunca he sido bueno dando consuelo, y ella me dijo no quiero consuelo, te quiero a tí, y se me clavó una espina en el corazón cuando me dijo “bailemos”, y yo le dije que no me apetecía, y se me clavó una lanza de caballería en el corazón cuando me dijo “bebamos”, y yo le dije que ya estaba suficientemente borracho, y se me clavó una bomba atómica en el corazón cuando me dijo “toquemos”, y yo no pude negarme, porque me estalló el corazón debido a la fisión de un átomo de uranio y a la fusión de dos átomos de hidrógeno para formar otro de helio. Y yo saqué mi whistle y ella sacó el suyo y tocamos y bebimos y bailamos durante toda la noche. Y yo lloré sobre su frente pensando en lo que había estado a punto de hacer, y nos besamos, y nos abrazamos, y nos amamos, y cuando íbamos a tocar otra vez, una señora asomó la cabeza por la ventana y me dijo “a ver si te meto el whistle por donde me sé yo”.

Y nos sorprendió el jueves por la noche y yo estaba borracho que te cagas (¡ay, que te cagas de borracho estaba yo!), y yo era muy feliz riendo y besando y cogiendo sus manos y bebiendo de su vientre y de sus ojos y de sus pechos y perdiéndome ebrio en el perfume de su piel. Pero ella me dijo que llevábamos mucho tiempo juntos y que debía irse a casa y que se aburría porque yo era monótono. Y yo lloré al verla alejarse, y agarré la botella y me puse a beber. Y paseé solo por la playa, pensando en todo lo que quise haberle dicho para que no se fuera, y me acordé de la manera en que me decía que me amaba, y me acordé de sus manos jugando con las mías, y me acordé de la forma en que miraba las cosas cuando estaba absorta en sus pensamientos, y me acordé de todo y de nada. Y me dije “bailemos”, y bailé con ella en sueños de alcohol sobre baldosas de mármol, y ante todos los grandes, que se admiraron de nuestro amor, y me dije “bebamos”, y bebí con ella en sueños de alcohol el vino más dulce, porque lo bebí de sus manos, y la cerveza más amarga, porque la bebí de su olvido, y me dije “toquemos”, y sonaron sólo para nosotros violines y flautas y pianos y arpas y algún que otro bodhran. Y yo me puse de pie sobre la mesa, abrí los brazos, vestí mi mejor sonrisa y, observado por sus ojos de hada, me puse a tocar. Y aquella fue mi mejor actuación, y esperé risas y aplausos y besos y abrazos, pero nada de eso pasó, y los sueños nunca se cumplirán, porque los dioses no son justos, y me puse a llorar cuando una señora voló a través de la ventana y me dijo “a ver si te meto el whistle por donde me sé yo”.

Y anochecí vomitando un viernes por la noche porque yo estaba demasiado borracho(¡ay, qué borracho estaba yo!), y decidí hacerme el héroe y apagué incendios con mi orina etílica, y recité en gaélico escocés poemas que no conocía, y me nombraron rey, y fui a la guerra, y cientos hallaron le muerte bajo mi espada, y yo era un gran estratega, y creé un imperio, y nombré a mis propios caballeros, y cuando tuve suficiente dinero busqué a mi princesa, pero ella había olvidado que una vez me amó, y yo quise que nos hubiéramos hecho en el brazo un tatuaje de un corazón con nuestros nombres entrelazados para que ella no hubiera olvidado mi amor, pero entonces me di cuenta de que no conocía su nombre, y de que tampoco conocía el mío, y mis súbditos no querían un rey borracho sin nombre y me arrojaron desde mi trono y caí en desgracia. Y hundido en el lodo como estaba se me acercó un perro y me dijo “bailemos”, y como no tenía otra cosa que hacer, me puse a bailar con el jodido perro, y me hizo feliz, porque era un perro muy simpático, y ladraba y saltaba, y era peludo y suave y me dijo “bebamos”, y yo contesté vale, y le di whisky para perros, y me dijo este whisky da asco, y le di entonces whisky del caro y bebimos juntos hasta que olvidamos mucho, y él se creía hombre, y yo me creía perro, y yo me creía lluvia, y él se creía suelo, y él se creía casa, y yo me creía inquilino, y fui mujer, y también insecto, y luna, y un grito de terror en una calle oscura, y murmullo de riachuelo, y una melena pelirroja, y un beso en la mejilla, y una sonrisa de amigo. Y me dijo “toquemos”, y yo no creí que un perro supiese tocar, pero sacó su whistle y yo saqué el mío, y tocamos juntos hasta que escuché a una señora que me decía desde la ventana “ a ver si te meto el whistle por donde me sé yo”.

Y el sábado sabadete llegó por la noche y yo estaba pero que muy borracho (¡ay mi mare que no poco borracho estaba yo!), y yo estaba harto de bailar, y yo estaba harto de beber, y yo estaba harto de tocar, y ya no podía aguntar, porque cada día es igual que el anterior, y nunca he visto a los ángeles de Dios, y todo lo que pienso no me sirve, porque va y pasa lo contrario, y por mucho que beba, y por mucho que duerma, y por mucho que sueñe siempre acabo despertando y nunca recuerdo y quiero llorar. Y no había nadie cerca y no podía pensar en nada, y nadie me dijo ni yo dije “bailemos”, y tuve que retorcerme de dolor en el suelo, y mis dedos estaban agarrotados y mis propias uñas arañaban mi piel y mis huesos se dislocaron y nadie me dijo ni yo dije “bebamos”, y mis labios se llenaron de lodo y de podredumbre y de escoria y de gusanos y de orín de caballo y de esperma de elefante y nadie me dijo ni yo dije “toquemos”, y yo no pude hacer otra cosa que gritar y gritar, y mis lágrimas fueron el licor más dulce que prové aquella noche, y una señora en la ventana me dijo ¡a ver si te...”, pero antes de que terminara la frase le retorcí el pescuezo, porque mis ojos ya no eran míos, sino del más compasivo olvido, y mi cuerpo se iba perdiendo, y mis manos fueron de hielo y se derretían y yo no podía bailar, ni beber, ni tocar, ni besar, ni amar, ni soñar, y jamás tuve un nombre que recordar.

Y escuché las amenazas del domingo, que quería venir, pero yo luché contra él con palabras de acero y de vinagre, pero un día es un día y acabó venciendo al borracho (porque no sabes lo borracho que estaba yo), y ya casi no podía caminar ni apoyado en mi bastón de anciano vagabundo y un día llegué a una casa muy bonita y la vi a ella, feliz y bellísima, con un hombre y tres niños, y ninguno de los niños se parecía a mi. Y ella me dijo que yo estaba de pena, y yo le dije pues tú estás de miedo, y entonces me dio una bofetada y metió a los niños en la casa y yo tuve que seguir mi camino. Y viajé mucho, y vi muchos mundos, pero jamás pude hacer magia. Y caminando que te camina caminé y encontré a una muchacha que tocaba el violín descalza, y deseé ser como ella, porque era muy bonita, y porque lo hacía muy bien, pero no pasó, y le tiré unas monedas. Llegué entonces a mi antiguo reino, que estaba arrasado por plagas de gentes que hablaban mucho pero no hacían nada, y me ofrecí para reestablecer el orden, pero me aseguraron que el orden ya estaba establecido, y tuve que marcharme. Aparecí en un lugar que conocía muy bien, pero que un martes me pareció muy nuevo, y después me enrolé en un barco y llegué a casa. Sentada en un banco estaba la sirvienta borracha. Se acordó de mi y me saludó. Me acordé de ella y la saludé. Me senté a su lado y sonreí. Mis dientes eran negros, y estaban podridos, pero a ella no le importó. Una sonrisa siempre es hermosa, siempre me alegra, me dijo. Y entonces me abrazó, y me dio un beso en la frente, y me dijo “bailemos”, y bailamos un tranquilo vals sobre los viejos tiempos, y me dijo “bebamos”, y bebimos juntos un vino suave y ligero, y me dijo entonces “toquemos”, y cada uno sacó su whistle y tocamos una nana en aquella noche de domingo. Le devolví el whistle que me había dejado y la abracé con fuerza y la eché de menos, porque yo tengo visión de futuro, y me despedí de ella. Entonces me quedé solo. Y no había gente, ni casas, ni árboles, ni campos, ni ríos, ni montañas, ni mares, ni tierras, ni océanos, ni luz, ni oscuridad, sólo estaba yo, y añoré todo lo demás y quise llorar, pero no me quedaban lágrimas, y no era capaz de escuchar nada, ni risas, ni cantos, ni susurros, ni grillos, así que me tendí en la nada, cerré los ojos, y me puse a morir.

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