30 mar. 2011

Cuando mi niña me devuelve a la niñez. Capítulo 4

El colegio


Cuando pienso en escolarizar a mi hija, no puedo evitar pensar en mi propia experiencia en el colegio. Supongo que en general, cuando era más joven, algunos me definirían como una "bala perdida", y ahora que soy adulta como un confirmado fracaso. No tengo una carrera, ni un trabajo estable, ni gano un montón de pasta. Y mis mayores a menudo me preguntan o se preguntan entre ellos qué fue lo que pasó conmigo, de pequeña parecía tan lista... parecía que iba a llegar tan lejos...

Cuando iba a preescolar estaba en un colegio de monjas. Yo recuerdo haber aprendido las letras y lo más importante en casa, viendo el Barrio Sésamo. A los 2 años, cuando subíamos en el ascensor yo iba diciendo los números a cada piso, y las vecinas se sorprendían y me decían: "Uy, qué lista". En el cole, a veces había que leer y esas cosas, pero casi siempre hacíamos trabajos manuales. Como el colegio era de niñas, también nos enseñaban a coser y bordar, con una especie de tabla de madera con agujeros y un cordoncito de plástico. ¿Qué iba a ser de la vida de una niña que no supiera coser? No estaba mal, era divertido y todo eso, pero los días se hacían eternos. Por la mañana, la canguro llegaba a casa y me vestía. Luego íbamos a casa de la canguro a recoger a su hija, la despertaba y la vestía. Desayunábamos. Íbamos andando hasta la parada del autocar. Luego el autocar nos llevaba al colegio. Pasaba la mañana. Comíamos allí. Yo no era de muy buen comer, y las monjas me daban miedo porque una vez vi cómo una le hizo comer a una niña que no podía más lo que había vomitado en el plato. Después había que pasar el tiempo hasta las clases de la tarde. Un rato jugábamos en el patio. Y otro rato nos hacían descansar, sentadas en el pupitre, con los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza escondida entre ellos. No sé cuánto era en horas y minutos porque era pequeña y no llevaba reloj. Pero era largo. Unas veces me dormía, y otras no. Luego otra vez clase. Otra vez autocar. Y mi madre me recogía por la tarde y a casa. Y poca cosa más, porque como me levantaba más temprano que los otros niños, también me tenía que ir a dormir antes. Prácticamente, vivía en el colegio.



En E.G.B. cambié de colegio porque las monjas eran como algo insoportable. Además de ser unas ogras a la hora de comer, siempre me estaba peleando con ellas porque llevaba zapatos color granate. "Tienen que ser marrones, que si no no pegan con el uniforme" Y a mí me gustaba el granate, y mi madre me los compró con amor y con sudor, y no iba a comprar otros porque sí. Mi madre, que también era muy suya, un día me llevó al cole con un poncho verde, en lugar del abrigo marrón del uniforme, y un día que íbamos de excursión al zoo me puso un vestido verde caqui tipo exploradora, y las monjas se subieron por las paredes.

Así que empecé la E.G.B. superilusionada en un colegio nuevo, donde además, había niños que venían de colegios distintos y de distintos niveles, y niños que nunca había ido al colegio. Y yo que sabía leer y escribir y contar, me crecí un montón. Y como me gustaba tanto leer y leía una y otra vez la misma historia, en 2º resulta que la profesora se dio cuenta de que además de leer, memorizaba, y tuvo la brillante idea de sacarme a recitar delante de toda la clase la lectura de turno, cosa que a mí me encantaba, pero para el resto resultaría de lo más repelente.

Seguía quedándome a comer el el cole. Y aunque no había monjas, seguían obligándome a comer lo que no me gustaba y aunque no pudiera más. Y te vendían la moto de que "hay que comer de todo", cosa que me llegué a tragar, pero a veces ponían de postre un pastelito asqueroso de cabello de ángel. Y eso también nos obligaban a comérnoslo, y podía entender lo de las lentejas o el bacalao, pero no me cabía en la cabeza qué beneficio podía tener para mi organismo aquella porquería de pastelito. Ahora entiendo que no era cuestión de nutrición, sino de dominación. ¿Aprendí a comer de todo? No. Sigo odiando el cabello de ángel, me da arcadas. Pero aprendí formas muy ingeniosas de hacer desaparecer la comida.

En 3º aprendí que el mal no siempre viste hábitos de monje, cuando accidentalmente le rompí las medias a una niña pija (que ya me dirás qué pinta una niña de 8 años en el cole con medias, a ver si no podía llevar leotardos o pantalones como todo el mundo) así que su madre fue a hablar con la directora, y la directora consideró oportuno interrumpir una clase de ciencias del profesor Marciano (era su nombre, lo juro), para sacarme delante de toda la clase y pegarme una bronca que no tenía ningún sentido. Y me zarandeó y me tiró de las orejas, ¡y de los mofletes! Pero no como en los cumpleaños ni como cuando te encuentra una tía que hace tiempo que no ves y te dice "qué mayor y qué guapa estás", no. Fuerte, doloroso y con maldad. Era como si estuviera descargando sobre mí un montón de mierda personal que no tenía nada que ver con las medias de la niña esa. Creo que fue el primer momento de mi vida en el que sentí rabia y humillación hasta el deseo de matar.


Pasaban los años y siempre sacaba más o menos buenas notas, pero a mi madre siempre le decían los profesores en las reuniones que era muy vaga y que podría hacerlo mejor si estudiara. Y yo odiaba estudiar y nunca hacía los deberes porque tenía la sensación de que vivía en el colegio y cuando llegaba a casa tenía muy poco tiempo y cosas mejores que hacer, como inventar y aprenderme canciones, y aprenderme diálogos de películas y montarme las mías propias. Y en 6º curso llegó el momento maravilloso en el que se introdujeron las clases de inglés. Por fin podía saber qué decían mis canciones favoritas, y podía cantarlas con un sentido y un sentimiento que no lograba alcanzar con el "aiguanchubreifrí".

Entre 7º y 8º, los profesores nos dieron alguna charla sobre el futuro, sobre lo importante que era tener estudios y sacarse el graduado escolar, porque sin el graduado escolar no se puede conseguir un trabajo. Y yo, que a esas alturas de mi vida en lo último que pensaba era en encontrar un trabajo en el que pasarme todos los días haciendo lo mismo hasta la muerte, no me parecía una razón suficientemente convincente. Nadie me preguntó nunca qué deseaba ni me habló de la satisfacción de la cultura o del crecimiento personal. Pero me saqué el graduado porque no me supuso ningún esfuerzo. Desde luego, si hubiera necesitado estudiar, no lo habría conseguido. También había aquello de elegir entre F.P. o B.U.P. Tal como yo me planteaba la cosa, haciendo F.P. estudiabas una profesión que te preparaba para dedicarte a aquello que querías nada más acabar. Y haciendo B.U.P. te condenabas a 3 años de bachiller, más un año de C.O.U., más la Selectividad, que siempre lo pintaban como un trauma insuperable en las noticias, y luego a 3 o 5 años de carrera, que si luego descubres que no te gusta, o te amargas la vida para siempre o vuelves a empezar, y no veas qué palo. Así que yo elegí la F.P., pero madre y profesores me presionaron con eso de que F.P. es para tontos, y los listos hacen B.U.P. y van a la Universidad. Y una con 14 años y sin tener ni idea de qué hacer con su vida, (porque evidentemente eso de cantar no es una opción válida) sigue los consejos de los sabios adultos.

Y en 1º de B.U.P. llegan los suspensos. Yo tampoco es que cogiera un trauma, pero a mi madre le iba a dar algo. Pero eso de ir a clase y prestar algo de atención ya no servía. Tenía una profesora de historia que llegaba a clase, se sentaba en su mesa y empezaba a dictar apuntes. Así, sin explicar nada. Simplemente ella hablaba despacito y nosotros escribíamos, sin más. Eso obligaba a llegar a casa y estudiarte los apuntes, y eso era algo que yo no tenía costumbre de hacer. Y el profesor de matemáticas era brutal. Era una especie de friki de las matemáticas que cogía una tiza, se giraba hacia la pizarra y empezaba a escribir y escribir, y tenía una orgía consigo mismo y los números en la que no cabía nadie más. Toda la clase suspendió mates. Incluso una que sacaba 1o en todo y tuvo una especie de crisis de ansiedad de tanto llorar, y le faltaba la respiración y todo porque no había suspendido en su vida. Menos mal que tenía una profesora de dibujo que era genial. Nos hicimos superamigas porque las dos hacíamos Karate y nos gustaban los cómics de Conan y yo siempre dibujaba cosas de guerreros y dragones y fantasías varias. Me puso Matrícula de Honor, y eso que no soy yo tampoco un genio en las artes plásticas. Aquello me demostró que si podías ser el favorito de un profe, también podía ser que uno te tuviera manía, cosa que parece como una leyenda urbana de alumnos. Y no. Las manías y las predilecciones existen.

Y en 2º, al problema de las mates se le sumó la física y química, otro geniecillo que sabía mucho pero no transmitía nada. Pero lo peor del asunto fue que, como a los adultos no se les pone en duda, en lugar de pedirle cuentas al profesor, me obligaron a tomar clases particulares a mí. Y odiaba ir al colegio para tener que volver a estudiar en casa, y me llené de rabia. Y empecé a hacer campanas (novillos, pellas, pirolas... según región) y la cosa fue a peor. Y mi madre me castigaba sin salir para que estudiara, pero nunca entendió que estar encerrada en una habitación no implicaba necesariamente estudiar... Así que, al acabar 2º y con 2 asignaturas pendientes, decidí cambiar de colegio, pero me di cuenta de que era la misma mierda, y me deprimí, y llegué a pensar que era yo la que no servía, y empecé a hacer tantas campanas que ya dejé de ir del todo.

Después de medio año sabático y de salir no sé ni cómo de aquel pozo, volví a buscar colegio. Esta vez encontré uno que me gustó, aunque algo más caro que los anteriores, y conseguí sacarme 3º y las dos asignaturas pendientes de 2º. Tenía ya 18 años y seguía sin saber qué quería hacer con mi vida porque en E.G.B. me sorbieron el coco con eso de estudiar para trabajar, y la imagen de pasarme el resto de mi vida en el mismo sitio haciendo lo mismo, me seguía dando mucho miedo. Mi madre me dijo que como se me daban muy bien los idiomas, debería estudiar turismo. Así que me pasé al segundo grado de F.P. Tampoco funcionó. La idea que tenía yo del turismo era distinta a lo que encontré en clase. Yo pensaba en viajes, en geografía, en idiomas, que eso estaba y molaba, pero también había contabilidad, prácticas administrativas, economía y marketing... y eso no me molaba nada y acabé yendo sólo a las clases de geografía e idiomas y suspendiendo todo lo demás, hasta que volví a darme cuenta de que no tenía sentido y lo dejé.

En septiembre de ese año, cansada de los estudios frustrados y buscando ya trabajo en el INEM, descubrí los cursos de formación ocupacional. Eran gratis, duraban poco tiempo y salías preparado para hacer algo. Y si no te gusta, a otra cosa. El primero fue de animación turística. Eso se parecía más a la idea que yo tenía del turismo: además de la geografía y los idiomas hacíamos juegos, bailes, concursos... me lo pasé muy bien en el curso, hicimos prácticas en hoteles, y al acabar me dieron un trabajo en un hotel. Pero vivía y trabajaba en el hotel, lejos de mis amigos, no tenía vida propia y eso no era lo mío, así que lo dejé. Mientras tanto, me apunté a C.O.U., ya no en una escuela privada sino en un instituto, en turno de noche y sin pretensiones, por puro placer y pasando de las dos asignaturas que no me motivaban.

Después hice otros varios cursos: monitora de ocio infantil, programación, administración, diseño, maquetación, 3D... Siempre encontraba algún trabajo y siempre lo acababa dejando por aburrimiento. ¿"Aprendiz de todo y maestro de nada"?, Pues yo lo considero más enriquecedor que una carrera larga y aburrida donde la mitad del contenido es paja (vale, no he estudiado ninguna, pero mi marido y varios amigos sí, y no me han hablado bien de ellas). Nunca he trabajado más de un año seguido en el mismo sitio. ¿"Culo de mal asiento"?. Yo lo considero inconformismo.

A los 27 años tenía un trabajo que me encantaba maquetando páginas web y haciendo animaciones en flash, pero la demanda bajó y me pagaban por pasarme 8 horas al día en una oficina sin hacer nada, cosa que al principio puede parecer un sueño dorado, pero os aseguro que a las 2 semanas ya te tiras de los pelos. Y con todo el dolor de mi corazón, cuando por fin parecía que había encontrado mi sitio, lo dejé.

Y con mi nueva visión de persona adulta e independiente, volví a buscar en mi interior y descubrí que me había dejado algo por hacer. Me había olvidado de la opción no válida. La había enterrado tan adentro que casi la dejo morir. Y mis últimos 3 años de estudio fueron en una escuela de teatro musical. Desde entonces he ido actuando, no en cosas importantes, porque soy consciente de mis limitaciones y de que he empezado muy tarde. No tengo estabilidad, y a veces para llenar los huecos tengo que trabajar en sitios odiosos como fast foods y call centers, pero que suelen permitir eventualidad y horarios flexibles. Pero puedo hacer lo que me gusta y al menos no me aburro. Objetivo conseguido.

En fin, no es que le eche la culpa al colegio de todos los tumbos que he ido dando en mi vida, aunque pienso que tal vez, si no me hubiese sentido tan esclavizada de niña, el madrugar, la rutina, el tener que ir al cole tanto como si te apetece como si no, la obligación... alomejor no le habría tenido tanto miedo a la vida adulta. Y estoy convencida de que si uno es educado en casa o en un ambiente de libertad de horarios, donde unos día se hace clase y otros se va al cine, o al teatro, o al museo, o al zoo... no deja de tener una buena formación y llega la edad adulta más preparado y menos hastiado de la vida.

La conclusión de todo esto es que, con mucho cuidadito de no obsesionarme e irme al extremo opuesto, intento que las reflexiones sobre mis vivencias sirvan para ser más comprensiva con mi hija y facilitarle el camino en todo lo posible. Igual que otras decisiones que no he tomado por ella como agujerearle las orejas, bautizarla bajo cualquier religión o limitarla a una dieta vegetariana, pienso debería ir al colegio sólo si quiere ir, y si no, ya buscaremos alternativas.

Y lo más importante: que todas las opciones sobre lo que quiera hacer con su vida son válidas, y que siempre tendrá mi apoyo.

2 comentarios :

azulitoclaro dijo...

Uff. No punta fácil. Ni antes, ni ahora. Pienso que el modelo educativo al que estamos acostumbrados (lamentablemente) es bastante represivo y estático. Ojalá podamos encontrar alternativas para nuestros chiquitos... porque, sin duda, si nosotros fuimos "inconformes" o rebeldes, ellos lo serán -y con razón- mucho más.

30 de marzo de 2011, 22:30
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Aurea dijo...

A mi me pasó algo parecido a tí y es que no nos hace más inteligentes tener un título universitario y algunos padres piensan que es mejor tener un título de lo que sea.
Yo pienso como tú y si mi hijo es mal estudiante lo será y si es bueno que lo sea, pero no me voy a poner en el mismo lugar que sus profesores valorándolo por las notas. Creo que los padres tenemos que ir más allá y apreciar las cosas importantes de verdad.

11 de abril de 2011, 18:22
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