29 jul. 2015

Que nadie te quite las alas

Este título parece una metáfora, pero no, lo digo literalmente y ahora te lo cuento.

Como ya he comentado alguna vez, a Niobe le gusta ir siempre disfrazada o semidisfrazada. La ropa normal es aburrida. También le gusta crear su propio estilo. Le gusta cortarse su propio flequillo, llevar mallas bajo los vestidos y las faldas, odia cualquier prenda que lleve botones, y se pone calcetines con las sandalias y se los sube bien arriba, por encima de las mallas. ¿Quién dice que no es correcto? ¿Quién soy yo para decirle que es feo o que se considera hortera? Y es más, ¿porqué me creía yo esas tonterías y hasta hace bien poco era incapaz de salir a la calle así? Y mira, lo bueno que tiene educar a otra personita es que, a veces, una se da cuenta de que tiene que eliminar su propio lastre.

También comenté hace poco que una de las cosas buenas de no ir al cole, es precisamente que nadie le puede decir qué puede o no puede ponerse. Una mañana que yo no estaba en casa, insistió en que quería llevar un vestido medieval que le hice. Y su padre, al ver que la cosa se iba a poner difícil y las discusiones si se pueden evitar, mejor evitarlas, pensó: "¿Y por qué no? Realmente, ¿qué mal hay en que una niña se ponga lo que quiera cuando quiera, aunque no sea un día especialmente programado para ponerse lo que quiera? Pues nada, que cuando la niña salió del cole, el padre se llevó una reprimenda. Que al cole se va a trabajar, y que no se puede ir vestida así, porque no es cómodo, dijo la profesora, como intentando que su prohibición tuviera lógica. Visto así, una se imagina a los niños picando en las minas o escalando andamios para poner ladrillos. "A trabajar", dice. En fin.

Y cuando pensábamos que ya éramos libres, un día la dejamos jugando en el Ikea park, que le encanta porque es un bosque. Antes de salir del coche casi olvida sus alas, pero vuelve corriendo a buscarlas, porque eran superimportantes para ir al bosque mágico. Cuando llegamos, hay un chico joven que le da el cajón para los zapatos y la ayuda a quitarse las alas para ponerse el chaleco ese que les ponen, y luego la ayuda a colocárselas otra vez.

Cuando volvimos a buscarla, había una señora mayor. Y al ver a la niña se sorprende de cómo ha entrado con las alas, dice que debería haberlas dejado en la caja, y le echa una semibronca al chico por haberlo permitido. En principio, las alas no son peligrosas. No tienen alambres salientes y están rellenas de guata y forradas de lana suavecita y gustosa. Pero el argumento de la señora era que si algún otro niño se encaprichaba de las alas, podría haber peleas. Y ahí ya lo flipé. O sea, que el día que fue a jugar la superpiscina de Lego en la exposición Lego Star Wars vestida de princesa Elsa, fue un milagro que las niñas no se abalanzaran sobre ella para arrancarle el vestido. Yo es que soy una madre inconsciente que no le quita el vestido entero a su hija y la mete a jugar en bragas para que el resto de las niñas no tengan envidia. Aunque luego resulte que todos los niños y niñas están demasiado ocupados jugando como para fijarse en lo que llevan o no llevan puesto los demás.

De hecho, soy tan inconsciente que tampoco le quito su atrezzo cuando va al parque o a cualquier otro sitio con más niños. Pero ¿sabes qué? Hay madres y padres mucho peores que yo. Los hay que llevan a sus hijos con ropa de marca, o más bonita, o con trenzas con bolitas de colores, o simplemente con el pelo más largo... sólo para que los otros niños y niñas se sientan mal, y tengan envidia.



Pero si esta chorrada me parecía indignante, es porque no tenía ni idea de cómo andaban las cosas por nuestra calle. Yo no soy muy de salir al fresco por las tardes a cotillear con los vecinos, y eso ya me hace carne de despotrique diario. Si a eso le añadimos una niña que no va al cole, la comidilla está asegurada y bien aderezada. Así que, hace un par de días, en una visita de mis suegros que sí que son más de cotillear, nos enteramos de que Niobe era una mala influencia para los niños no solo por no ir al cole (cosa que ya sospechábamos y que hasta cierto punto comprendemos, aunque no compartamos) sino por creerse un animalito. Sí, resulta que mi hija no cae bien a la gentucilla de mi calle porque lleva orejillas y cola y hace sonidos de animales (que por cierto fliparías si la oyeras, los imita a todos como si fuera un bichejo de verdad). Y la señora vecina le contaba a mi suegra que eso no es bueno, que la niña está obsesionada y cosas por el estilo. Como si no supiera que es una persona y que lo demás es un juego.

No, señora, la niña no está loca, la niña sabe que no es un animal, sabe que está jugando, y si le dice a usted lo contrario es precisamente porque usted la pincha, y la niña, como cualquier otra niña y cualquier otro niño, basta que le digas que no es un animalito para que te diga que sí lo es. Señoras, de verdad, dejen de meterse en la vida y la educación de los niños ajenos, dejen que jueguen y sueñen.

Y tú, hija mía, no dejes que nadie te controle, que nadie te corte la imaginación, que nadie te juzgue ni que critique, o al menos que no te afecte. Que nadie te quite tus orejas, ni tu cola, ni tus sonidos, ni siquiera tus calcetines. ¡Que nadie te quite las alas!

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