22 jun. 2016

El parto

Esta es la historia de un PVDC, el fin de un caminito interior que comienza aquí, y la cura de la herida profunda que deja una cesárea.

¿Por qué en casa? Recuerdo mi paso por el hospital: la cantidad de gente, la cantidad de luz, el frío, la falta de intimidad y confianza, el no saber qué está pasando... imagino que todas esas cosas no son muy propicias para un parto, y pensé que lo serían mucho menos para mí, que no  me gusta la gente así en general, que me da mal rollo que me toquen extraños por muy médicos que estos sean, que me cuesta intimar, que me cuesta confiar... Pensé que aunque diera con un hospital medianamente respetuoso, todos esos factores me bloquearían, me impedirían avanzar y acabarían teniendo la excusa para practicarme todas las rutinas posibles, hasta probablemente acabar en otra cesárea. Así que no le tuve que dar muchas vueltas, lo vi siempre bastante claro.

Elegir una comadrona también fue fácil. Para empezar, escribí unos cuantos e-mails y me dieron unas cuantas puertas en las narices en plan: "enhorabuena, bonita decisión, no atiendo cesáreas previas, es que vives muy lejos y yo de la ciudad no salgo, pero oye, suerte y buen rollo". La primera que me contesta sin negativas es Imma Sàrries. A los pocos días la llamé y quedé con ella y me gustó mucho. Aún me quedaban algunas visitas que hacer, pero después de visitar al día siguiente una casa de partos de mi zona y sentir que la comadrona quería venderme de todo pero ganas de atender mi parto tenía cero, decidí que para qué perder más tiempo, que con Imma ya lo había visto claro y que a tope con ella. Y desde la primera a la última visita fue como ir a charlar con una amiga. Siempre pensaba que la siguiente visita sería más corta, pero no. Siempre había cosas que contar, siempre había más información, y nunca había prisa. Acabé tan bien informada que no quedaba sitio para ningún miedo. A lo largo del embarazo aprendí todas las cosas que podían pasar y cómo actuar. En mi última visita estaba enorme en tamaño, en felicidad y empoderamiento. Y me sentaba tan bien que estaba radiante y monísima de la muerte. Pasaban cuatro días de la semana 39.

Me desperté a las 3 de la madrugada siguiente con ganas de cagar. Me fui al lavabo y empecé a empujar, pero nada. Tenía unos retortijones como de diarrea, de los de o corres o te manchas. Pero nada. Volví a la cama hasta el siguiente retortijón. "Mierda, esta vez sí que me cago", y corrí al lavabo de nuevo. Pero nada. A la siguiente ya me cogí la tablet y me eché unas partidas de frozen free fall para distraer la mente a ver si salía algo, pero nada. Desvelada me fui al salón, puse música e intenté relajarme. La tarde anterior me dijo Imma que el bebé estaba en posición occipito posterior (cabaza abajo pero mirando al frente), cosa que no era favorable para el parto, y me recomendó pasar tiempo a cuatro patas, que fregara el suelo a la antigua usanza, por ejemplo. A las horas que eran no me apetecía mucho ponerme a limpiar, así que simplemente me puse a gatas en la alfombra apoyada en mi pelota gigante. Así me pasé horas, cantando y meneando el culo, rotando suavemente sobre la pelota, hasta que se levantó mi Lord. Eran sobre las 7.

—¿No has dormido nada, no?
—Pues no. Creí que tenía ganas de cagar, pero como esas ganas vienen y van de forma repetida y constante, empiezo a pensar que igual son contracciones. Como nunca las he tenido, no las identifico, yo qué sé. Tampoco duelen tanto como pensaba.
—Pues llama a Imma.

Emoción...

La llamo y le cuento lo que siento. Me dice que sí, que pueden ser contracciones, pero que si no son largas y constantes no son de parto. La verdad es que eran bastante largas. Algunas llegaban al minuto, pero los intervalos no eran siempre los mismos. Me apetecía mucho meterme en la ducha, y ella me dijo que lo hiciera, que eso me aliviaría. Que si no eran "las de verdad", se pararían y ya volverían cuando estuviera de parto. En la ducha me sentí  muy bien, pero no pararon. Así que, aunque ninguna de las dos lo tenía del todo claro, Imma se decidió a venir, para que me sintiera segura y porque a veces la cosa se acelera cuando una ve a la comadrona. Es como que se retiene y cuando ya está todo en su sitio por fin se deja llevar. Hay que decir que vivo en un monte a 70 km. de la ciudad, y tampoco era cuestión de esperar al último momento. 

Llegó y se fue. En efecto, no eran las contracciones de verdad. Ya me parecía a mí...  lo estaba llevando demasiado bien, todo el rato pensaba: pues no duele tanto. Y eso no podía ser, porque yo soy muy pupas. Pero la visita sirvió para que me diera una buena noticia. Debido a la lejanía de mi casa, me pidió permiso para hacer un tacto y poder valorar si valía la pena quedarse o mejor se iba y me dejaba a lo mío. Así que accedí.
—Bueno, no estás de parto, pero durante la noche habéis estado trabajando. El cuello del útero se ha borrado y has dilatado un centímetro. Además, el bebé ya se ha colocado bien. 

¡Bien! ¡Hemos estado trabajando! Y mi bebé ya está en occipito anterior (cabeza abajo y mirando hacia atrás). Ha servido pasarme la noche a cuatro patas. Sea como sea, parece que estamos en marcha. Es lo más emocionante que me ha pasado nunca. La emoción me borra el miedo al dolor que siempre creí que tendría. Y hasta ahora lo llevo muy bien. Imma me dice que aunque tenga contracciones, debería intentar dormir entre ellas, y le hago caso. Es difícil, pero comemos temprano, y después de comer, nos metemos las tres en la cama, y volvemos a dormir. Estoy tan cansada que lo consigo. Despertándome a cada contracción, sí, pero los ratitos descansados son muy reparadores. 

Por la tarde los intervalos entre contracciones son muy cortos, pero aún no son regulares. tan pronto los tengo de 3 minutos, como vuelven a 10. Es muy desconcertante porque no sé a qué atenerme. Hablo con Imma varias veces. Me pregunta si quiero que vaya y yo prefiero esperar. No quisiera que volviera a subir para nada, o que su presencia me bloqueara y se me volvieran a espaciar los intervalos. Llega a eso de las 8. Va pasando el tiempo y las contracciones, cenamos, metemos a Niobe en la cama, la luz está baja, todo está tranquilo y las contracciones no duelen mucho, aunque ya tan seguidas cansan. Pasadas las 12 de la noche, pregunto cómo vamos porque empiezo a estar bastante cansada y aburrida. Solicito un tacto y me llega el sopapo: Estoy igual que por la mañana. Todo iba muy bien hasta ese momento, me siento fatal, siento que no avanzo, que no soy capaz, que no voy a soportar pasarme otras 20 horas así, que tengo sueño, que me lleven al hospital a que me droguen. Ambos me dicen que no quiero eso, que vale que la cosa está algo incierta, pero que en el hospital sí que sabemos lo que hay... Sí, lo sé. No les hace falta mucho para convencerme. En realidad todas sabemos que no quiero ir, solo descansar.

Para acelerar el proceso, Imma me propone una maniobra Hamilton y la acepto. Ese fue el primer dolor real. Hasta entonces, las contracciones eran llevaderas, Imma me ponía las manos en la espalda cada vez que venían, y los tactos eran tan suaves que ni me enteraba. Pero la maniobra, una vez empezada había que terminarla, y si pillaban contracciones había que aguantar y seguir. Contamos juntas hasta diez las vueltas que dieron sus dedos en mi cuello del útero, tratando de despegar la bolsa. Ahí sí que grité como una posesa y creo que fue cuando Niobe se despertó. Al acabar la maniobra volvimos a lo de antes: yo iba teniendo contracciones, a veces en la pelota, a veces de pie, a veces a gatas en la alfombra... Imma me hizo un masaje muy reconfortante con unos aceites que olían muy bien. Niobe se acurrucó con su padre en el sofá y se volvió a dormir. Carlos e Imma también echaron alguna cabezada, incluso yo, entre contracciones, haciendo el menor ruido posible para que todos descansáramos como pudiéramos, hasta que el dolor de las contracciones empezó a parecerse a lo que imaginaba y mis quejidos se volvieron más fuertes. Eran sobre las 4 de la madrugada y estaba dilatada unos 4 cm. No era suficiente y yo me volví a desesperar. La siguiente propuesta fue romper la bolsa. Accedí. Me senté en la silla de partos con bastante miedo, recordando el dolor de la maniobra anterior, pero esta fue más rápida y menos dolorosa. En seguida sentí el calorcito de las aguas al romper. Y volvimos a esperar. Aquí ya no sé cuánto tiempo pasó. Las contracciones empezaron a ser fuertes y en el siguiente tacto ya estaba de 7 cm. Entonces llegó el momento de preparar la piscina. ¡Por fin! Eso me animó mucho. Les veía inflando y llenando y yo empecé a pensar que en el agua dolería menos y me relajaría y acabaría en seguida... Empezaba a salir el sol. Eran sobre las 6.

Y tan en seguida. Aquí llega la escena "montaña rusa". Las contracciones son tan fuertes que me tiembla el cuerpo. En una de ellas, estando a gatas sobre el sofá, veo que me sale un chorro de sangre. Al contrario que Carlos, que se preocupó (sintió "curiosidad científica" es su versión), yo vi la sangre como una esperanza, como que la cosa ya iba en serio, como que ya estaba bien de contracciones de pacotilla y habíamos pasado a la acción. Sentía a mi bebé descender. Ahora sí sentía que estaba de parto. Pero entonces, después de uno de los controles de latido que iba haciendo Imma, dijo que había que ir al hospital. ¡No jodas! ¿Qué? Yo no sabía nada ni entendía nada, pero cuando estás en medio de algo así y te dicen que al hospital, pues nada, asumes que al hospital. Estaba claro que algo iba mal, pero yo no quería saber el qué, ni tenía fuerzas para preguntar. Sólo me sentí fatal. Se me había pasado por la cabeza ir al hospital cuando veía que estaba todo parado, pero tener que salir al hospital cuando ya me veía pariendo me desmontó el mundo. Carlos y Niobe se vistieron en seguida. Yo me abroché la bata y me dispuse a dejarme llevar. La piscina se quedó a medio llenar y con esa imagen se me rompió el sueño. No podía hacer más. Pensaba en cómo iba a meterme en el coche con las contracciones bestiales que tenía y sin apenas poder cerrar las piernas. Lo sentía allí mismo. pero no pudo ser... No tenía fuerzas ni para echarme a llorar.

La siguiente vez que Imma puso el doppler en mi vientre se canceló el viaje. En el último tacto, la dilatación era completa y la cabeza del bebé estaba allí mismo. Lo que fuera que iba mal, al parecer ya iba bien. Yo seguía medio ida y sin saber muy bien qué pasaba. De repente pasamos del chill out a la pelea con el malo malísimo del final de la partida. 
—¡Este bebé tiene que salir ya! ¡Empuja!
Y empecé a empujar sobre la silla de partos, que es un taburete en el que estás como de cuclillas pero cómodamente sentada. Un inventazo. 
—¡Arriba! Respira hondo, envíale aire al bebé. —Imma me ayudaba a levantarme y respiraba. 
Y otra vez sentada. 
—¡Empuja! —Y otra vez... Y así, bajando y empujando, levantándome y respirando, no recuerdo cuántas veces hasta que me sugirió irme al sofá para no desgarrarme. Reptando hacia allí, me pillaron a gatas las últimas contracciones y allí me quedé. Empujando y sintiendo la cabeza salir. Luego me di la vuelta para cogerle. Toqué su cabecita y en el último empujón, salió hacia mis propias manos. 

Y ya. Mi bebé en mi pecho y el mundo parado de golpe.  



En cuanto pude, bajé a la Tierra y miré la carita de Niobe. Tenía esa expresión de no saber si reír o llorar, tenía una emoción extraña, nueva, inmensa. Carlos había aguantado como un campeón sin desmayarse. No os equivoquéis, no es un blandengue. Es un tipo tan duro que puede ir a urgencias con un cólico nefrítico y entrar caminando tranquilamente mientras yo busco aparcamiento y los médicos flipan, pero no le enseñes una aguja que se pone tenso. En fin, que a pesar de la cantidad de sangre espurreada por el salón, estaba entero y emocionado. Imma también estaba emocionada. Una pensaría que no, que eso forma parte de su vida y como lo ve todos los días ya no le afecta, pero no es así. Supongo que cada nacimiento es maravilloso a su manera. Y yo volví a envidiar y admirar su profesión. Sobre mi pecho, lo secó con una toalla, le dio calor, contó los deditos de sus manos y sus pies, y comprobó que todo funcionara bien en su cuerpecito diminuto. Todo el resto transcurrió con mucha calma, muy despacito. Alumbré la placenta, me cosió un desgarrillo, pinzó el cordón, Carlos lo cortó, nos enseñó la placenta y cómo funcionaba, me hizo un batido... Yo estaba cansada, pero menos de lo que esperaba. Pasé todo el embarazo baja de ferritina y aun tomando suplementos no logré llegar a los niveles normales. Pensé que estaría hecha una braga pero no. Al acabar la sutura, Imma me ayudó a entrar y salir de la ducha. Y muy bien. No me mareé, ni me caí, ni nada. Podía caminar, estar de pie, ducharme... me parecía un milagro, teniendo en cuenta que después de la cesárea estuve totalmente inútil. El batido me sentó muy bien y en mi caso creo que era necesario. Tengo que reconocer que aunque la idea de ingerir mi placenta fue mía, al principio me daba cierto repelús, me imaginaba como Daenerys Targaryen comiendo corazón de caballo a bocados. Pero no. Estaba mezclada con fruta y verdura y sabía bien, me lo fui tomando a poquitos con una pajita como quien se toma un coco bongo en la playa, y no fue nada desagradable.

Se marchó a media mañana, habiéndose asegurado de dejarlo todo en su sitio. Yo estaba estupenda, el niño estaba estupendo, sangre bien, lactancia bien, familia bien... Comimos temprano y nos fuimos a echar una siesta. Nos metimos los cuatro en la cama y dormimos horas. Nuestra primera siesta a cuatro. El final de mi aventura de parto con el buen sabor que deja haberlo conseguido, con una nueva sensación de fuerza y poder que me ha cambiado un poco por dentro, y el principio de una nueva aventura con un nuevo personaje al que llamaremos Conan, "pequeño lobo" en gaélico. 
A mí podéis llamarme mamá loba a partir de ahora. Gracias. 😜

3 comentarios :

Basha Changuerra dijo...

Madre mia q emocion!!!
Por momentos me ha recordado mucho a mi parto, lo sabes no?
Jejejeje
Me ha encantado tu relato, en serio. Estamos deseando conocera Conan y achucharos en directo!!
Mil besos de los Changuerra ;)

24 de junio de 2016, 9:49
Nebetawy

Gracias hermosa! Yo en algunos momentos me acordé mucho de ti, lo sabes, no? X-D
Tener partos similares y además la misma comadrona es como vivirlo juntas.
Nos vemos pronto.
Mil besos back :-*

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Basha Changuerra dijo...

Madre mia q emocion!!!
Por momentos me ha recordado mucho a mi parto, lo sabes no?
Jejejeje
Me ha encantado tu relato, en serio. Estamos deseando conocera Conan y achucharos en directo!!
Mil besos de los Changuerra ;)

24 de junio de 2016, 9:49
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