1 may. 2018

¿Dónde nace la manada?

En estos días de indefensión y rabia tras la sentencia de "la manada", me viene continuamente a la cabeza un viaje en furgoneta que hice hace unos meses. Íbamos de Barcelona a Madrid seis músicos y yo para tocar en un concierto. Paramos en un bar a comer, y en la pantalla gigante un canal de música en el que, al parecer, solo existía el reggaetón. No sé mucho de reggaetón (ni ganas), solo sé que en los video clips suelen salir mujeres en bikini o en ropa interior bailando o simplemente paseándose por ahí sin sentido, mientas los hombres las persiguen, babean, se restriegan o lo que les salga.

Y ahí surgió un globo de testosterona que iba creciendo y creciendo por momentos. Me dieron un viaje de lo más placentero, escuchando desde sus fantasías con unas y otras, hasta análisis de lo guarras o lo puritanas que son tales o cuales tipos de mujeres. Distinguí claramente a los instigadores, los que seguían el rollo de buena gana, y los que lo seguían solo un poquito, incluso incómodos. Pero a la hora de decir basta me quedé sola. Curiosamente la única mujer. Penosamente, la única madre. Fue cuando alguno comentó algo sobre el cuerpo de una chica tan joven que me vino a la cabeza mi propia hija y lo poco que le quedaba para llegar ahí. Les pregunté si toda esa mierda la pensaban de verdad o solo se estaban midiendo los penes. Se hizo un incómodo silencio y a partir de ahí se cortaron un poco. Al menos delante de mí. Porque una vez en la sala, durante las pruebas de sonido, me acerqué hacia algunos de ellos que estaban en corrillo y oí a uno (de los instigadores) decir "que viene", y se quedaron calladitos. Como críos que esconden sus travesuras a mamá. Me podía haber dado rabia, pero la vergüencica ajena la eclipsó rápidamente y me reí.


Y ahora pienso en ese día y en ese grupo y lo veo muy claro. La manadas empiezan ahí. En aplaudir y jalear chascarrillos machistas y que nadie los calle. En conversaciones entre risitas y gestitos en las que aparecen términos como gang bang, o MILF, y todo ese léxico aprendido en el porno mainstream, en el que las mujeres somos cosas y el sexo es violencia. En que si sales de caza después del bolo follas fijo, porque ser músico es guay, por la alegría del momento y porque si hay alcohol y drogas, mejor. Las manadas nacen en conversaciones en bares, en furgonetas, en grupos de whatsapp... entre hombres que no siempre tienen claros los límites, y que nunca sabes hasta dónde pueden llegar.

Creía que era fácil educar hijas en el feminismo y que hacerlo con un hijo iba a ser un reto. Cuando tuve a mi hijo supe que tenía que hacerlo, costara lo que costara, porque era tanto o más importante enseñar a mi hijo a respetar que enseñar a mi hija que no tenía por qué ser una damisela en apuros, que podía ser lo que ella quisiera. Pero, ¿sabes qué? Mi hijo está a un mes de cumplir los dos años. A veces jugamos y a veces no controla. Es solo un bebé y es muy bruto. Se monta encima de mí, nos placamos, nos hacemos cosquillas y nos reímos, pero a veces se sienta en mi cara, o me araña o salta sobre mi vientre. Y me hace daño. Y cuando me hace daño le digo: ¡Para! Con voz enérgica y gesto serio, y le hago el gesto en lenguaje de signos de estar enfadada y el de sentir dolor. Entonces para, baja la cabeza y pone carita triste. Durante unos segundos se queda así. Sabe que así no. Luego lo abrazo, le doy mil besitos y hacemos las paces. Él es un bebé y ya lo ha entendido. Solo necesita seguir así conmigo, con su hermana y con todas las personas, y ya me encargaré de que jamás se le olvide.

Ahora veo que lo chungo es enseñar a mi hija a protegerse de bestias que nada tienen que ver con lobos, a estar alerta, pero a la vez ser valiente. A ser prudente pero no vivir con miedo. Ahora a veces me da por pensar en todas las agresiones sexuales que he vivido a lo largo de mi vida. Organizarlas en mi mente, cronológicamente, por tipo, por gravedad... A veces pienso en de cuántas me he librado por suerte o qué sé yo por qué. A veces salen historias que he leído en blogs, o en facebook, o me han contado mis amigas, por que no era solo yo, somos tantas y nos han pasado tantas cosas... ¡a todas! Y ahora me pregunto cómo voy a criar a una hija valiente cuando me mata de miedo no llegar a tiempo de hablarle de violencia machista y agresiones sexuales antes de que las viva. 

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