27 jul. 2020

La vieja del paraguas

Supongo que llega el día en la vida de toda persona en que de repente se da cuenta de que se ha hecho vieja. Ese día ha llegado para mí. Y ojo, que a pesar de unas cuantas canas estoy en buena forma, tengo una salud excelente y me mola el rock, que como todo el mundo sabe es el elixir de la eterna juventud.

Pero aun así, acabo de descubrir que soy una vieja que añora con nostalgia tiempos mejores, y como tal, voy a empezar esta historia contando batallitas del pasado.

En el año 2001 adquirí mi primer teléfono móvil. Mucha gente tenía uno ya, pero yo me resistía. Me compadecía de las pobres pringadas a las que les daba un ataque de ansiedad si se lo dejaban en casa. Creía que estaban locas y que eso no me pasaría a mí nunca. Pero entonces me independicé y el alta de Telefónica era carísima, así que opté por un móvil y listo. Aunque de móvil poco porque lo usaba como teléfono de casa y al salir ahí se quedaba (¿quién recuerda el peso y el tamaño de los móviles de 2001?)

Pues resulta que a final del 2º curso de teatro musical, me peleé con mi mejor amiga de entonces porque teníamos un bolo al día siguiente y me llamó como a la 1 A.M. para preguntarme cuál era el punto de encuentro y cómo llegar. Yo sobando, claro, porque había que madrugar y yo siempre he sido muy estricta con esas cosas, así que te puedes imaginar el cabreo. En fin, que le digo que ¿qué horas son esas? y la tía encima me sale con que si estoy durmiendo que apague el teléfono.
Que luego intenté razonar en plan: mira, bonita, yo no tengo teléfono fijo y mi madre vive sola, así que si tiene una urgencia tendré que estar localizable. Para eso me he comprado un teléfono. No parece difícil de entender, ¿verdad? Pues nada, que la mala malísima era yo y me puso verde por ahí y no volvimos a hablarnos. A todo esto, después de haberle explicado cómo ir, el día siguiente se presentó la última y en taxi al estilo gran diva.

En aquellos tiempos le di la importancia justa. Claro que me dolió, pero pensé que había sido un hecho concreto y no volví a preocuparme. Ahora lo veo como una revelación. Cómo la sociedad empezaba a mutar hacia un lugar en que lo normal es responsabilizar de tus acciones o no acciones a los demás. Si no quieres que te despierten, ¡no tengas un teléfono!

Siguiendo con mi trayectoria por la vida y mi "crecimiento personal", allá por el 2008 descubrí una cosa extraña llamada Facebook, que al principio era como un concurso de popularidad, y todo el mundo quería ser quien tuviera más amiguis aunque yo siempre me he jactado de ser quien tenía menos. Si te acuerdas, en sus inicios Facebook nos enganchó con sus chorrijuegos. Había una mascota virtual a la que podías vestir, decorar su casita y visitar la de tus amiguis, otro de una granja que tenías que sembrar y recoger, uno de una especie de sociedad medieval en la que tus amiguis eran tus vasallos y te los podían robar... Pero lo que lo petaba de verdad eran los chorritests. Los había de todo: desde qué personaje serías en tal o cuál serie hasta qué tipo de vieja ibas a ser de vieja.

Y a mí me salió la vieja del paraguas. Esa señora que, aferrada a su paraguas a modo de arma contundente, se abre paso entre la muchedumbre apelotanoda pidiendo que corra el aire, haciendo respetar su espacio vital (incluso antes del coronavirus) y maldiciendo la falta de educación que se gasta la juventud. Me acuerdo porque me hizo muchísima risa y me vi representada a tope.



Y a eso llevo dándole vueltas hace unos días. Ando metida en un grupo de mujeres que hacen cosas y hace semanas que se plantea hacer una reunión. Expongo mi disponibilidad, pero el resto escucha el viento pasar o cambia de tema. Otra compañera reitera su interés por reunirse y al final hago una encuesta que después de pedir por favor un poco de casito un par de veces, solo una respondió. Y tras el éxito suelto un pequeño sarcasmo y soy la personificación del demonio, oiga.

Volviendo a las batallitas de la juventud, ¿te acuerdas de cuando cerraban un bar y te quedabas en la puerta con las coleguis decidiendo a dónde ir ahora, y todo el mundo empezaba a divagar, y si tenías mucha suerte no te tiraban el agua de fregar desde las ventanas por hacer ruido, y al final se pasaba la hora y la peña se iba a casa y lo único que quedaba por hacer era esperar sola a que abriera el metro mientras se hacía de día? Pues lo mismo. Esa sensación, ese agotamiento.

Total, que una de ellas se siente ofendida porque no ha tenido tiempo de responder porque trabaja y tal. Porque claro, nadie sabe lo que es trabajar, ni criar, entretener y educar a dos niñes homeschoolers,  ni tiene una casa que limpiar y que arreglar cada dos por tres porque se cae a cachos, ni setos que podar, ni malas hierbas que arrancar... y cosas que, sea como sea, son la vida y las opciones de cada una, no excusas. Y luego me salta otra con que mi nivel de exigencia es demasiado elevado y que mi comentario está fuera de lugar.

Así que así estamos. En un grupo de trabajo, esperar respuesta a una pregunta que se ha formulado varias veces, a estas alturas de la vida resulta de una exigencia inadmisible.

Y si bien no me había recuperado aún de esta, estaba hoy en la cama y recibo un mensaje de whatsapp pasada la medianoche. Desde otro grupo de gente que hace cosas contacta conmigo por privado una mujer que no conozco para que le revele mi implicación con el grupo, puesto que no me ve muy activa. Y no, no estoy muy activa y justo hace poco ya dije que podían hacer limpieza conmigo sin rencores porque a mí lo de abrir el whatsapp y tener 150 mensajes por leer como que me supera, pero aun así, a esta desconocida que no sabe qué vida llevo le ha parecido buena idea preguntármelo personalmente a esas horas.

También en otros grupos de whatsapp, sobretodo en los de gente que hace música, es muy común eso de enviar mensajes cuando a una le rota. Que no sé si alguien sabe que el silencio en los grupos de whatsapp caduca al año, y es muy guay descubrir que el silencio ha caducado justo cuando alguien a las 4 AM te escribe diciendo que no va a ir al ensayo, cuando ya te has dado cuenta porque el ensayo ya se ha hecho y no estaba allí. Tampoco sé si solo es mi teléfono o solo me pasa a mí que por mucho que quite el wi-fi, se activa solo de nuevo cuando hay mensajes en cola.

Pero vamos, que si no quiero que me despierten, que apague el teléfono (o me quite el whatsapp, o me vaya a vivir a una cueva o me corte las venas... lo que sea, pero que lo haga yo). Ya sé cómo funciona y no lo voy a discutir. Pero a la vieja con paraguas que llevo dentro le gusta recordar los tiempos en los que llamar a casa de alguien pasadas las 10 de la noche era pecado mortal. Esas cosas que me enseñaron de niña y me pregunto si se enseñan ahora. Eso de respetar al prójimo, responder cuando te preguntan, preguntarte si es un buen momento y no dejar toda la responsabilidad de tus acciones en la otra parte.

Pero al final, la que está aquí con los ojos como platos dándole a las teclas para sacarse la mierda de dentro soy yo.

Últimamente, con toda la historia del Coronavirus, en casa estamos viendo muchas películas futuristas de lo que sería nuestro presente. Desde Terminator hasta Demolition Man, nos damos cuenta de cuánto tienen de proféticas. Aunque puede que al final no haya un gran terremoto o una gran explosión para que se de el Apocalipsis. Puede que entre la generación selfie (que se mola tanto a sí misma que se pierde todo lo que le rodea), la generación que ya no escucha las canciones de los dibujos (porque eso es perder el tiempo, hay que engancharse a lo siguiente, y a lo siguiente de forma inmediata e infinita) y la generación mascarilla (que ya no sabrá interactuar y reaccionar a las expresiones humanas porque ni las ven), se pierda del todo lo que nos hace personas, y las máquinas acabemos siendo nosotras mismas.

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